Relatos

El ángel oscuro

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-¡Mmmm! ¡Aire puro! Cariño, esto va a ser estupendo.
Oscar dijo aquello mientras abría una doble ventana de par en par, el valle desperezándose de su siesta en el regazo de la Sierra. Naranjos y frutales y aquella riqueza de texturas y tonos, comparada con la gama de grises y pardos que conformaban las vistas de su antiguo piso en la ciudad.
-Eso espero –contestó ella al entrar en la habitación, cargada con varias cajas-. Luego dicen que el saber no ocupa lugar. A ver dónde metemos ahora tanto libro.
-Pero si esta casa tiene mucho más espacio, Irene. Por eso nos mudamos, entre otras cosas.
-“Otras cosas” incluyen que a ti te dio la neura campestre. Ojalá no tengamos que arrepentirnos –hablaba sin mirarlo, mientras dejaba las cajas en el suelo.
-Bueno, ya vamos a empezar.
-Es que es un cambio muy drástico, y me da un poco de miedo que esto no funcione…
Oscar se acercó a ella y le cogió las manos con dulzura.
-Ya hemos hablado de eso. No podías aguantarlo más.
-Eso es cierto –concedió Irene-. Estaba empezando a odiar a la gente, a los desconocidos que me cruzaba por la calle. Es horrible subir al autobús en pleno agosto entre una masa de carne apretada y sudorosa, me daba asco hasta cogerme a la barandilla. Últimamente me estaba volviendo… ¿cómo se dice? ¿misógina? No, eso es odio hacia las mujeres. Ah, misántropa –aún recordaba algo de griego, de sus años de instituto.
-No me digas que eso no son neuras, Irene.
-Vale.
-Pero al menos eres capaz de reconocerlo, y analizarlo, y buscar un remedio. ¿O no?
Ella suspiró, resignada.

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Julio Cortázar: Las Ménades

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Hoy nos sumamos a la idea de Rock & Blog y recurrimos a Cortázar para posicionarnos con respecto al show de Florentinito, sus apóstoles siderales y la turba teledirigida.

Alcanzándome un programa impreso en papel crema, Don Pérez me condujo a mi platea. Fila nueve, ligeramente hacia la derecha: el perfecto equilibrio acústico. Conozco bien el teatro Corona y sé que tiene caprichos de mujer histérica. A mis amigos les aconsejo que no acepten jamás fila trece, porque hay una especie de pozo de aire donde no entra la música; ni tampoco el lado izquierdo de las tertulias, porque al igual que en el Teatro Comunale de Florencia, algunos instrumentos dan la impresión de apartarse de la orquesta, flotar en el aire, y es así como una flauta puede ponerse a sonar a tres metros de uno mientras el resto continúa correctamente en la escena, lo cual será pintoresco pero muy poco agradable.


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Mario Benedetti: Aniversario

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-Mira como llueve.
-Qué diluvio.
-Justo hoy, que hace treinta años que nos casamos. ¿Te acordabas?
-Por supuesto que me acordaba.
-Como no dijiste nada.
-¿Para qué? Es un día como cualquier otro.
-Ni tanto ni tan poco. Un poco de sentimiento no le viene mal al almanaque.
-Bah.
-¿Estás tan desilusionada?
-No se si es desilusión. Mira que no te echo ninguna culpa. Simplemente, me siento a apreciable distancia de la que fui, de la que era, casi te diría de la que soy.
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Mario Benedetti: El Césped

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1.

El césped. Desde la tribuna es un tapete verde. Liso, regular, aterciopelado, estimulante. Desde la tribuna quizá crean que, con semejante alfombra, es imposible errar un gol y mucho menos errar un pase. Los jugadores corren como sobre patines o como figuras de ballet. Quien es derrumbado cae seguramente sobre un colchón de plumas, y si se toma, doliéndose, un tobillo, es porque el gesto forma parte de una pantomima mayor. Además, cobran mucho dinero simplemente por divertirse, por abrazarse y treparse unos sobre otros cuando el que queda bajo ese sudoroso conglomerado hizo el gol decisivo. O no decisivo, es lo mismo. Lo bueno es treparse unos sobre otros mientras los rivales regresan a sus puestos, taciturnos, amargos, cabizbajos, cada uno con su barata soledad a cuestas.


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Mario Benedetti: Puntero Izquierdo

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Vos sabés las que se arman en cualquier cancha más allá de Propios. Y si no acordate del campito del Astral, donde mataron a la vieja Ulpiana. Los años que estuvo hinchándola desde el alambrado y, la fatalidad, justo esa tarde no pudo disparar por la uña encarnada. Y si no acordate de aquella canchita de mala muerte, creo que la del Torricelli, donde le movieron el esqueleto al pobre Cabeza, un negro de mano armada, puro pamento, que ese día le dio la loca de escupir cuando ellos pasaban con la bandera. Y si no acordate de los menores de Cuchilla Grande, que mandaron al nosocomio al back derecho del Catamarca, y todo porque le había hecho al capitán de ellos la mejor jugada recia de la tarde.


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Mario Benedetti: Cambalache

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Aquel equipo de futbol, rioplatense (no daré más detalles ya que lo que importa es la anécdota y no el nombre de los actores), llegó a Europa sólo 24 horas antes de su primer partido con una de las más prestigiosas formaciones del Viejo Continente (tampoco aquí daré más detalles). Apenas tuvieron tiempo para una breve sesión de entrenamiento, en una cancha más o menos marginal, cuyo césped era un desastre.

Cuando por fin entraron al verdadero campo de juego (el field, como dicen algunos puristas) quedaron estupefactos ante las descomunales dimensiones del estadio, las trubunas repletas y vociferantes y también ante la atmósfera helada de un enero implacable.


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Los orígenes, y el fin.

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Escribía y escribía sin parar. No lo podía resistir. Cada noche se sentaba en su silla, cogía el boli y los folios y dejaba volar su imaginación para que su muñeca la capturara y la plasmara en el papel, manchándolo de bonitas palabras y maravillosas historias. Escribía por escribir, por inercia, sin motivo alguno. Al menos, eso pensaba entonces. Tenía un defecto: sólo sabía escribir relatos breves. Cuando intentaba desarrollar una historia un poco más larga se frenaba y su cerebro no le proporcionaba más ideas. Lo intentaba una y otra vez pero no podía.
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El, ella y el bar.

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Como cada día sale de trabajar a las ocho y se dirige directo al bar, caminando a grandes pasos, mirando al frente. Entra y saluda, y todos le responden, y deja su chaqueta apoyada en esos viejos periódicos que esperan, sobre cajas de vino, a que les llegue el día. Se sienta en su taburete, coge un periódico y recibe la primera jarra de cerveza. Lee tranquilo, pausado, y parecen no molestarle las charlas y risas de sus compañeros de barra. Su barba se va manchando de espuma y él, sin dejar la lectura, se la va limpiando con el servilletero que el camarero ha dejado al lado. Hoy, se dice entre página y página, volveré pronto.

A las 7.30 de esa misma tarde ella sale de la peluquería. Se mira en un escaparate y gasta varios minutos tocándose el pelo, por aquí y por allá, frunciendo el ceño, arrugando aún más su cara. Se queda quieta en la acera, pequeña como es, con las manos cogiendo el bolso, murmurando a saber qué cosas. Tras un tiempo se decide a andar, y lo hace lenta, a pasos pequeños, entornando los ojos. Su cara se llena de tics, interrumpidos de vez en cuando para esbozar una mueca de dolor. Entonces se para, mira sus zapatos, suspira y comienza de nuevo.
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Mosaico de las llaves

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AZULEJO 1.

Mientras el agente Sobrado Pérez luchaba encarnizadamente con su bragueta intentando liberar un respetable miembro al final del cual se encontraba una vejiga repleta (y la puñetera cremallera que no baja) pensaba, con su filosofía de hombre poco instruido pero cabal, que efectivamente la realidad supera la ficción y que todos sus años de servicio no suponían en absoluto un antídoto contra la capacidad de sorprenderse.

Mientras el agente Sobrado Pérez conseguía aliviarse por fin, (es que no tiene uno tiempo ni para mear) pensaba, con su vocabulario elemental pero certero, que (hay que joderse) con el tiempo, había conseguido mantener las tripas en su sitio ante la visión de un cadáver destrozado en la cuneta de una carretera de segunda (pobre chico, tenía tanta vida por delante) porque al final, un muerto es un muerto y todos tenían madre o novias, o novios o amigos que lo extrañarán, pero, Sobrado, ese no es tu problema, lo importante, se había repetido desde siempre, es no entrar en el drama humano con el que tan íntimamente está relacionado tu trabajo.


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Italo Calvino: “El pecho desnudo”

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Autor: Italo Calvino

Título: El pecho desnudo

El señor Palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino. Sabe que en circunstancias análogas, al acercarse un desconocido, las mujeres se apresuran a cubrirse, y eso no le parece bien: porque es molesto para la bañista que tomaba el sol tranquila; porque el hombre que pasa se siente inoportuno; porque el tabú de la desnudez queda implícitamente confirmado; porque las convenciones respetadas a medias propagan la inseguridad e incoherencia en el comportamiento, en vez de libertad y franqueza. Por eso, apenas ve perfilarse desde lejos la nube rosa-bronceado de un torso desnudo de mujer, se apresura a orientar la cabeza de modo que la trayectoria de la mirada quede suspendida en el vacío y garantice su cortés respeto por la frontera invisible que circunda las personas. Pero -piensa mientras sigue andando y, apenas el horizonte se despeja, recuperando el libre movimiento del globo ocular- yo, al proceder así, manifiesto una negativa a ver, es decir, termino también por reforzar la convención que considera ilícita la vista de los senos, o sea, instituyo una especie de corpiño mental suspendido entre mis ojos y ese pecho que, por el vislumbre que de él me ha llegado desde los límites de mi campo visual, me parece fresco y agradable de ver. En una palabra, mi no mirar presupone que estoy pensando en esa desnudez que me preocupa; ésta sigue siendo en el fondo una actitud indiscreta y retrógrada.


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