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	<title>Palabras, palabras, palabras. &#187; Relatos</title>
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	<description>&#34;¿Qué leéis, mi señor?&#34;</description>
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		<title>El Río</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Feb 2011 20:19:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Palabras]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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		<description><![CDATA[“Yo sé que hasta el desvío más viejo de la historia prefiere la memoria del río a la del puente.” Jose María López Medina Cuando Elsa nació, las maderas ya estaban preparadas. Antes de que comenzara a andar, sus padres se habían adelantado a necesidades futuras y habían construido los primeros metros. No fue hasta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
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<p style="text-align: right;">“<em>Yo sé que hasta el desvío más viejo de la historia<br />
prefiere la memoria del río a la del puente.</em>”<br />
<a href="http://blog.franlopez.es/author/josemalo/">Jose María López Medina</a></p>
<p><br/><br />
<br/><br />
Cuando Elsa nació, las maderas ya estaban preparadas.</p>
<p>Antes de que comenzara a andar, sus padres se habían adelantado a necesidades futuras y habían construido los primeros metros. No fue hasta unos meses después cuando se hizo evidente que Elsa no podría caminar nunca. Pero ni siquiera eso fue un obstáculo.  Construyeron una silla de ruedas especialmente para ella. La almohadillaron para procurar que estuviera cómoda y para evitar posibles accidentes. Y la llevaron hasta el extremo de aquel puente, el primero de su corta y delicada vida.<br />
<span id="more-7863"></span><br />
Una gruesa malla de cuerdas resguardaba los bordes. Empezaron a empujar la silla con tanto mimo como fue posible, con infinita ternura, rodeándola a cada paso, evitando movimientos bruscos, protegiéndola de todo y de todos.</p>
<p>A medida que Elsa crecía y avanzaba, las cuerdas se iban haciendo menos espesas. Ahora era posible mirar a los lados y ver el agua, el río que bregaba incansable y peligroso bajo la madera. Y llegó el momento en que sus padres tuvieron que dejarla ir. Se fueron quedando atrás a su pesar, sólo unos pasos al principio, después algunos metros…  Recordaban ahora la ansiedad que les oprimía el pecho mientras trataban de inspirarle confianza y valor. No temas, Elsa. Adelante. Cuida de no abandonar nunca el puente, aférrate a él y a los que vendrán después. Elige los más sólidos, los puentes firmes. No te arriesgues. Evita las lianas, los árboles, los peligros del camino. Y sobre todo el río. Huye del río.</p>
<p>Puentes siempre. Elsa lo sabía. Y siguió toda su vida las indicaciones de los demás, las de todos los que la querían. Puentes, puentes. Maderos firmes, pasos previsibles, ver con antelación adónde vas y qué te espera unos metros más allá. Pero, sobre todo, no acercarse al río. Si acaso, mirarlo de reojo alguna vez. El río era el peligro: traidor, imprevisible, nuevo siempre y siempre diferente. Puentes, puentes. De madera o de piedra o de metal, qué más da. Seguros.</p>
<p>Por eso no lo entendían. Por eso era imposible. Era cierto que, sin razón aparente, Elsa se había ido desmejorando en los últimos tiempos. Que se había ido apagando sobre su silla a pesar de todas las precauciones y de todos los cuidados posibles.  Y ahora la observaban, sobre el mármol, gris y helada. Y tan quieta. Nunca había tenido un aspecto tan frágil como en aquel momento. Como un cristal exquisito que se acabara de hacer pedazos.<br />
No habían podido protegerla. No había sido suficiente. ¿Qué habían hecho mal? Miraban al doctor aturdidos, incrédulos, sin saber cómo encajar la noticia todavía. Era impensable.</p>
<p>Elsa muerta. Ahogada aquella mañana de invierno, amanecida sin luz en los ojos ni en la piel, desmadejada en la silla sobre su último puente. Ahogada sin que jamás la hubiera rozado el agua.</p>
<p>-Asfixiada sería más correcto –el doctor limpiaba las lentes de sus gafas con gesto automático y profesional-. Lo realmente insólito es que haya sobrevivido todos estos años.</p>
<p>La familia lo miró, en los ojos lágrimas secas y una pregunta muda que incitó al médico a intentar explicarse con más detalle:<br />
-Quiero decir que es extraordinario que haya sobrevivido tanto tiempo sin contacto con el agua, teniendo en cuenta…</p>
<p>Reparó entonces en sus rostros, los de todos ellos, y se fijó en su mirada inexpresiva, perdida, ingenua. Fue una revelación. La clave de todo. No lo sabían. No lo habían entendido jamás y no lo comprenderían nunca. Nunca habían visto a Elsa como él la veía ahora. Nunca fueron conscientes de cuál era su verdadera particularidad, aquello que la convertía en una rareza evidente y única.</p>
<p>En ese mismo instante decidió guardar para sí sus conclusiones y fingir normalidad. Decidió también silenciar lo insólito de aquel caso para siempre. En el informe alegó asfixia como causa de la muerte, y mencionó malformación en las extremidades inferiores y una enfermedad pulmonar crónica y degenerativa que la había llevado al fatal desenlace.</p>
<p>No podía tirar por la borda su carrera y su vida. Ser objeto de burlas; tal vez incluso acabar en algún manicomio. De modo que tuvo buen cuidado de evitar mencionar ninguno de los detalles extraordinarios que aún seguían grabados a fuego en su retina: El pelo excesivamente largo, de textura y color extraños; las escamas que cubrían parte de su cuerpo; la inusual deshidratación; la extraña forma de sus pies. Todos eran signos característicos de un híbrido legendario que sólo existía en los cuentos de hadas.</p>
<p>Se pasó la mano por la frente y de modo resuelto, con trazo rápido, firmó el certificado de defunción y se marchó. Estaba decidido a olvidar aquel asunto cuanto antes. Necesitaba urgentemente unas vacaciones, joder, tanto trabajo lo estaba volviendo loco. Ya en la calle, encendió un cigarrillo y dio un largo paseo hasta el río. No se atrevió a acercarse a la orilla y buscó el puente para cruzar. Estaba oscuro y los ríos, ya se sabe, encierran peligros azarosos e ignotos.</p>
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		<title>Cajas chinas</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Jul 2010 05:00:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Palabras]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

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		<description><![CDATA[No podía creer que fuera él. Qué casualidad. -¿Eres tú, K.? ¿Te acuerdas de mí? -Claro que sí. ¿Qué tal estás? -Muy bien, muy contenta de verte. ¡Es increíble! ¿Qué te trae por aquí? ¿Trabajo? -Conciertos. Pero además vivo muy cerca. -¿En serio? Era de noche. Estábamos en una especie de plaza sumida en semioscuridad, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/relatos/" title="Relatos"><img src="/wp-content/images/icons/topic_relatos.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Relatos" /></a>
</div>
<p>No podía creer que fuera él. Qué casualidad.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-¿Eres tú, K.? ¿Te acuerdas de mí?<br />
-Claro que sí. ¿Qué tal estás?<br />
-Muy bien, muy contenta de verte. ¡Es increíble! ¿Qué te trae por aquí? ¿Trabajo?<br />
-Conciertos. Pero además vivo muy cerca.<br />
-¿En serio?</p>
<p style="text-align: justify;">Era de noche. Estábamos en una especie de plaza sumida en semioscuridad, muy parecida al recuerdo que tengo del solar que había enfrente de mi casa cuando era niña. Había una serie de formas de colores en el suelo, que en mis recuerdos era simplemente de tierra. Al principio pensé que se trataba de dibujos realizados a base de arena coloreada. Después me di cuenta de que tenía que ser algo mucho más permanente y más resistente también, porque una chica saltaba sobre las imágenes. Era como jugar a la rayuela en color y a lo grande, como un tablero de juegos para fichas humanas.</p>
<p><span id="more-7319"></span></p>
<p style="padding-left: 30px;">-…y fin –la chica sonreía alegre y orgullosa, mientras alcanzaba de un brinco el centro del dibujo-. ¡Gané!<br />
-Esta es…</p>
<p style="text-align: justify;">No recuerdo el nombre. Mi atención se centraba en la imagen de la chica en sí. Rubia, joven, preciosa, con estilo. Esbelta y ágil. Dientes perfectos.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Hola. ¿Te gusta? -me preguntó ella, refiriéndose al curioso tablero mientras salía de él para estrecharme la mano. Con la otra se apartó el pelo de la cara. La combinación de colores era magnífica, vívida y muy llamativa. Como ella.<br />
-Lo he hecho yo misma.<br />
-Está genial –contesté yo mientras la saludaba-. Y apuesto a que además eres pianista.</p>
<p style="text-align: justify;">Recuerdo perfectamente haber pronunciado aquella frase en inglés. I bet you´re also a pianist. Perfectamente. Es más, según las reglas de la lógica toda nuestra conversación, desde que me topé con K. de manera tan inesperada, debería haberse desarrollado en inglés. Pero sólo recuerdo esta frase. En especial la palabra pianist. Yo sabía que la novia de K. era también una pianista de renombre, como él mismo. Así que no había esperanzas. Aquella era una competidora con todas las de ganar.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-No, el piano se lo dejo a mi hermano –le dirigió a K. un guiño cómplice, y éste me dedicó una amplia sonrisa. Probablemente no pude esconder la expresión de alivio. Tal vez había una oportunidad.<br />
-¿Te gustaría conocer al resto de mi familia? –preguntó él, tomándome del brazo. Te encantarán.</p>
<p style="text-align: center;">*  *  *</p>
<p style="text-align: justify;">La iglesia estaba a rebosar. Iba a ser una boda importante. Todo eran risas y nervios. Cuando llegué casi no había asientos. Yo intenté buscar un sitio libre en uno de los últimos bancos de la izquierda. K. había encontrado espacio a la derecha. Llevaba un traje claro, en tonos crema, que le favorecía. Vi sus ojos buscándome entre los demás, tratando de encontrarme. Y su desilusión cuando advirtió que yo iba a sentarme en otro sitio. Así que cambié de idea, con naturalidad crucé el pasillo que nos separaba  y fui a sentarme junto a él. Se notaba que aquel gesto tan simple le hacía feliz. Y a mí también. Me cogió de la mano y me miró. A veces una mirada dice tantas cosas.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Ya llegaba la novia! No recuerdo su rostro ni tampoco los detalles del traje, sólo que iba cubierta con un velo y que bajo el mismo podían verse flores blancas prendidas en el pelo. Mientras los novios llegaban al altar se oía una música maravillosa, interpretada por varios de los familiares de K. La novia era otra de sus hermanas. Su padre y varios de sus tíos y primos formaban un magnífico ¿cuarteto? ¿quinteto? de cuerda. Desde luego, aquella familia vivía la música. Era parte de ellos mismos. Los músicos sonreían mientras tocaban. Era evidente que disfrutaban con ello, y podía respirarse la sensación de que el acontecimiento era muy feliz para todos. Había tanta alegría en el aire, tanta armonía. K. me apretaba la mano de vez en cuando y me miraba, encantado.</p>
<p style="text-align: justify;">Al final de la ceremonia, cuando ya los novios saludaban a todo el mundo en la puerta del templo, K. pidió silenció. Entonces, sin más, anunció que la próxima boda sería la nuestra. Todo el mundo aplaudió a rabiar, todo fueron parabienes y felicitaciones. No recuerdo cómo llegamos a aquel punto, no recuerdo haber pasado por distintas etapas de la relación. Sólo aquel anuncio que me hacía completamente feliz.</p>
<p style="text-align: center;">*  *  *</p>
<p style="text-align: justify;">El hogar de la familia de K. era humilde y, sin embargo, confortable y acogedor. Supongo que la razón eran ellos, que te hacían sentirte en casa. Había música a todas horas, uno u otro practicaba con algún instrumento. Vivíamos todos allí. Todo era tan fácil. Hay en mi mente flashes del padre de K, con abundante pelo entrecano y facciones honestas y buenas, y una sensación mucho más vaga en cuanto al resto, pero igualmente agradable. Mucho más que eso. Me sentía inmensamente dichosa.</p>
<p style="text-align: justify;">No sé cómo ni cuándo exactamente empezó la guerra, sólo que estábamos en guerra contra los alemanes. Tengo la vaga idea de que K. y su familia eran judíos, pero no podría asegurarlo. Recuerdo los preparativos, la precipitada huida, el abandono de la casa en la que dejábamos un trozo de nuestra vida, uno de los mejores. Y la incertidumbre. La enorme incertidumbre que se cernía sobre nosotros como la sombra de las alas de un ave de mal agüero.</p>
<p style="text-align: justify;">Sé que a K. lo separaron de mí. A él y a los demás hombres. Recuerdo la despedida, recuerdo cómo lloré de impotencia y desesperación. Precisamente ahora que teníamos una hija. Tan pequeñita, tan pequeñita.<br />
Me apremiaban para que subiera al barco con las demás mujeres. Le dije adiós sin besarlo. No tengo ningún otro recuerdo de contacto físico con K., no hay imágenes de sexo en mi memoria, ni siquiera de deseo. No sé cómo habíamos concebido a nuestra hija, era un amor tan puro, tan sencillo que ella parecía haber llegado allí por arte de magia.<br />
En el barco, varias mujeres ocupábamos un compartimento muy parecido a una habitación. Las paredes debían haber sido blancas en su origen, pero ahora eran grises y sucias, llenas de desconchones. Y la luz. La luz era tan distinta allí. Era la no-luz que vemos en un día muy nublado. En la habitación o camarote, ya no estoy segura de nada, había una mesa y un frigorífico. Yo llevaba en brazos a mi hija. Era una muñequita, y digo esto literalmente. Una muñequita de porcelana que me cabía en la mano, con un vestidito verde y un gorro de volantes a juego. Me urgía ponerla dentro del frigorífico. Sabía que sólo dentro del frigorífico podría sobrevivir. Así que la dejé allí, sobre una de las rejillas, junto a ella un platito con leche para que pudiera alimentarse. Mi niña, mi niña, que nadie la moleste, que nadie la saque del frigorífico o se morirá.</p>
<p style="text-align: justify;">Una de las mujeres me odiaba. Yo no sabía por qué, pero me miraba mal. A los pocos días de estar allí se lanzó contra mí y comenzó una pelea. Nos enzarzamos en una lucha terrible, nos arañamos. Recuerdo cómo una franja de su cabeza se quedó sin pelo, como si llevara una diadema. Pero era horrible darse cuenta de que la diadema era en realidad la piel del cráneo. Cogió una barra de labios y se puso a pintarse aquella piel desnuda para simular una diadema real. Yo sabía que a mí también me faltaba parte del pelo pero decidí que pintarse de ese modo era tan repugnante que yo no lo haría. Me di la vuelta y me senté en un rincón. De pronto el corazón me saltó en el pecho. Mi niña. Mi niña chica.<br />
Me lancé al frigorífico y abrí la puerta. El plato de leche estaba vacío, mi niña no estaba. Detrás de mí, la mujer de la extraña diadema reía a carcajadas, la risa de una loca o de un demonio.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-¡El que ríe el último ríe mejor! Anda, busca ahora a tu hija.</p>
<p style="text-align: justify;">Y nadie me lo dijo, nadie, pero yo sabía que había tirado a mi niña por la borda para que se ahogara en el mar. Así que lamí el plato de leche que era lo último que mi niña había tocado y lloré a gritos, de impotencia y de rabia y desesperación, pero sobre todo de pena. Nunca más iba a verla, a mi niña. Nunca más.
<p style="text-align: justify;">Sé que permanecí varios días sentada en un rincón, sin comer ni beber ni hablar con nadie. De pronto, inesperadamente, nos obligaron a desembarcar. Salí del barco pensando cómo le iba a contar a K., cuando volviéramos a vernos, lo de nuestra hija. La pena me mordía las entrañas, pero eché a andar. La hermana de K. me acompañaba. Cruzamos calles grises y semidesiertas, pobres y llenas de edificios que apenas si se tenían en pie, para volver a la casa de K. y su familia. Subimos unas escaleras oscuras y sucias hasta llegar a la puerta del piso. Estaba abierta. Muebles rotos, desorden y desamparo desnudaban las habitaciones. Los cristales mugrientos no dejaban pasar la luz. De pronto escuchamos voces de hombres que venían de la escalera. Eran soldados. Entraron de repente y nos sorprendieron en la casa. Sin saber cómo, adopté un tono autoritario y me puse a hablar en alemán, reprendiéndoles por su incompetencia. Tenía la intención de hacerme pasar por uno de sus mandos. Les expliqué que la hermana de K. era mi prisionera y que yo estaba intentando obtener información sobre su familia, cuyos miembros habían huido. Los soldados callaron y agacharon la cabeza como corderitos. Les pregunté si tenían algún medio de transporte. Señalaron la ventana. Al asomarme vi, al trasluz de la suciedad, una moto con sidecar. Estaba abajo, en lo que parecía un patio grande convertido en garaje. Indiqué a los soldados que debía marcharme urgentemente. Y así lo hice, pretendiendo obligar a la hermana de K. a seguirme. Corrimos escaleras abajo hasta llegar al patio, y subimos en la moto que no era tal, sino un vehículo extraño, una especie de juguete hinchable que constaba de un manillar y un asiento sobre una especie de grueso flotador circular. Sin ruedas. Subimos, la hermana de K. agarrada a mi cintura. Yo  conducía. Deprisa, deprisa. Antes de que los soldados descubrieran el engaño. Ya bajaban por la escalera. ¡De prisa! Aquella cosa salió disparada. Sin ruedas. Flotando a unos quince centímetros del suelo. Descubrí que la velocidad aumentaba si tiraba del manillar de goma hacia atrás. Sorteamos mil obstáculos en calles estrechas intentando dar esquinazo a los soldados que, descubierto el engaño, nos perseguían. De pronto vi un edificio diferente, una especie de teatro. Había un gran telón que daba a la calle. Detuve el vehículo y apremié a la hermana de K. para que bajara. Nos asomamos con cuidado para ver a dónde conducía aquella cortina enorme. Vimos una habitación pequeñita, en la que mujeres desnudas o con muy poca ropa se preparaban para lo que parecía un desfile o una exhibición. Por alguna razón entendí que se trataba de una exhibición privada, y quitándome la ropa me uní a ellas y pedí a la hermana de K. que hiciera lo mismo. Las chicas se vestían con prendas escasas y muy provocativas, iban muy maquilladas y llevaban el pelo recogido con adornos de perlas. Me pregunté cómo nosotras, ajadas y flacas, mal peinadas y sin maquillaje alguno, íbamos a encajar allí. A pesar de eso decidí que era nuestra única opción. Sobre una mesa había pequeños manteles. Manteles baratos, de diseños y colores chillones y vulgares, que parecían recién planchados. Tomé uno, de tonos amarillos y rojos, y me lo coloqué a modo de  improvisado delantal. La última chica volvía a entrar, me tocaba a mí.</p>
<p style="text-align: justify;">Salí a lo que parecía un pequeño escenario, poderosamente iluminado. Me sentí desnuda a pesar del mantel. Me arrodillé en el suelo y finalmente me tendí y me quedé allí, esperando que al fin me descubrieran y me asesinaran. Ya no tenía fuerzas para continuar. Y no tenía a mi hija. Pobre K. Iba a quedarse solo. Porque yo tenía la certeza de que él aún vivía.</p>
<p style="text-align: justify;">A pesar de las luces conseguí ver la figura de un hombre que se sentaba muy cerca del borde del escenario. Se levantó y se acercó a mí. No recuerdo su rostro, pero llevaba uniforme. El de un gerifalte alemán. Me contempló en silencio durante un rato y yo pensé, ya está, ahora es cuando ordena que me maten. En lugar de eso comenzó a aplaudir.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Perfecto –decía en alemán-. Esto es lo que quiero. Nada de afeites ni de bellezas artificiales. La cara limpia, el pelo natural. Ahí reside la verdadera belleza de la mujer. ¡Y esta idea de vestirla con un delantal tan alegre, con los colores de la vida y la pasión! ¡Es magnífico! ¡Éste es el espíritu, el perfil de un nuevo país, de una nueva era! Color y alegría en las calles. Esto es lo que quiero.</p>
<p style="text-align: justify;">Me tomó de la mano y, levantándome, me llevó a la calle a través del pesado telón.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Quiero que te vean todos, que todos imiten esta nueva forma de ver las cosas. ¡Música! ¡Un desfile de manteles y delantales! ¡Inmediatamente!</p>
<p style="text-align: justify;">Así que comencé a andar, con la cabeza alta, aceptando las reglas del juego, sabiendo que lo que me jugaba era la vida, mientras una banda militar marchaba detrás de mí interpretando melodías triunfales. Caminábamos por mitad de la calzada, interrumpiendo el tráfico, y los conductores se asomaban por las ventanillas, primero con curiosidad y luego con entusiasmo, y de pronto desde las ventanas de los edificios decenas de personas, sobre todo mujeres, comenzaron a agitar delantales de colores convirtiendo las calles en una fiesta popular y gozosa, y yo precedía la comitiva como una especie de reina de la alegría de los pobres, con un delantal como símbolo y enseña, y de pronto pensé que tal vez todo aquel gozo era fingido, como el mío propio, porque al fin y al cabo fingir era lo único que podía hacerse para complacer a un ejercito que dominaba la ciudad. Seguirles el juego, obedecer, mentir. Ése era el secreto de la supervivencia. Y entonces toda la colorida fiesta de delantales me pareció falsa y triste, tan falsa como la sumisión de un siervo a sus señores a los que odia, tan triste como la negación de uno mismo impuesta por otros.</p>
<p style="text-align: center;">*   *   *</p>
<p style="padding-left: 30px;">-¿Qué pasa, cariño? ¿Qué te pasa?</p>
<p style="text-align: justify;">La voz de Juan y su caricia en mi brazo me despertaron. Advertí que mi rostro estaba húmedo. Juan me miraba.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Estabas sollozando. Mientras dormías. ¿Alguna pesadilla?</p>
<p style="text-align: justify;">Asentí con la cabeza, con un nudo en la garganta. A pesar de todo, me embargaba una enorme sensación de alivio. Nada de lo que acababa de vivir era cierto.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Una pesadilla horrible.</p>
<p style="text-align: justify;">En unos minutos traté de resumir aquella historia comprendiendo lo absurdo que sonaba todo, mi matrimonio con K., el pianista checo amigo de Juan que en realidad sólo nos había visitado una vez; mi hija de porcelana que necesitaba el frigorífico para vivir, la terrible situación relacionada con la guerra.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Lo más impactante –concluí- es que mientras formaba parte del sueño nada de todo eso parecía fuera de lo común. Todo era tan natural, tan real.<br />
-Bueno, los sueños suelen parecer reales mientras soñamos –fue la sensata respuesta de Juan-. Tanto que la mayoría de las veces no somos conscientes de que se trata de un sueño.<br />
-Hasta que despertamos.<br />
-Sí.</p>
<p style="text-align: justify;">En ese momento recordé a Chuang Tzu, el filósofo oriental que soñó que era una mariposa y al despertar no sabía si era un hombre que había soñado con ser mariposa o una mariposa que estaba soñando que era un hombre.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Abrázame, ¿quieres?<br />
-Vale, pero no por mucho tiempo –accedió Juan-. Es casi hora de levantarse.<br />
-¡Es verdad, es tardísimo! Bueno, supongo que una ducha me vendrá bien.<br />
-No hay tiempo para una ducha. Tienes que entrar en el saco.</p>
<p style="text-align: justify;">“Claro, el saco” –pensé yo-. Salimos de la cama y allí mismo, en la habitación, pude ver el gran saco de lona gris, vacío y listo para ser usado.</p>
<p style="padding-left: 30px;">-Tú primero –dijo Juan-.</p>
<p style="text-align: justify;">Puse mis pies descalzos sobre la lona. Juan fue subiéndola a mi alrededor hasta que me cubrió por completo. Entonces cerró una enorme cremallera, dejándome dentro. Incomprensiblemente, yo estaba en el interior del saco pero al mismo tiempo, como si se tratara de un viaje astral, podía ver lo que sucedía desde fuera. Había más lona sobre el suelo. Juan se colocó sobre ella y aparecieron mis hijos, que lo ayudaron a introducirse en otro saco, más grande, que los englobaba a él y al saco en el que yo me encontraba. Cuando los niños cerraron la cremallera, alguien más apareció y los introdujo en un tercer saco en el que cabíamos Juan y yo,  más los niños. Tardé en darme cuenta de que se trataba de mis padres. El dormitorio se había convertido para entonces en un espacio en blanco, y alguien más estaba introduciendo a mis padres y a todos nosotros en otro de aquellos sacos, uno nuevo y más grande. Y sentí que sería así hasta límites insospechados, y que yo era el núcleo de aquella estructura concéntrica que iba englobando progresiva y jerárquicamente, por orden de conexión conmigo misma, al resto del mundo. Entonces sonó el despertador, con un ruido estridente y desagradable.</p>
<p style="text-align: center;">*  *  *</p>
<p style="text-align: justify;">No me llevó más de un segundo darme cuenta de que no había ningún despertador. Se trataba de la alarma que nos despertaba cada mañana. En la soledad de mi celda pensé en el sueño del que acababa de despertar, uno en el que soñaba dentro de otro sueño. Aparecía Juan. Y también los niños.<br />
Yo cumplía condena por asesinato. Aquél era el día de mi liberación. Tal vez por eso había soñado con ellos. Nunca quise matarlos. ¡Los adoraba! Ni siquiera tuve jamás conciencia de cómo ocurrió todo. Aquella noche era un simple vacío en mi memoria. Mi abogado y mi psiquiatra me contaron lo que hice, y con el tiempo llegué a aceptarlo y a creerlo. Pero no eran mis recuerdos. Mis verdaderos recuerdos eran una página en blanco sobre la que los demás habían escrito.<br />
Ni siquiera tomé el desayuno en la cárcel. Vinieron a por mí enseguida, me dieron mis cosas y varios documentos y una guardia de seguridad me acompañó a la puerta. La libertad. Tomé un autobús hasta mi antigua casa. Aún conservaba la llave. Sí, la cerradura era la misma. Abrí la puerta y fui directamente al salón para servirme una copa. Ni siquiera estando allí recordaba nada sobre cómo ocurrió todo.<br />
Sentada en el sofá, cansada y confusa, me puse a pensar en aquel sueño una vez más. ¿Qué era la realidad? ¿Cómo sabemos que no estamos soñando? ¿Y si nuestros sueños son simplemente existencias alternativas de otros “yo”, que a veces actúan de manera independiente unos de otros y otras veces interaccionan entre sí? ¿Quién era yo? ¿La mujer que amaba a K.? ¿La que se casó con Juan y tuvo hijos, y se metió en su microuniverso al que los demás podían acercarse, pero no acceder (sólo yo tenía acceso a mi saco privado)? ¿La que los mató a todos y después no era capaz de recordar nada? ¿La que estaba tomándose un whisky doble a las diez de la mañana, filosofando sobre la vida y la realidad? ¿Podría ser que mientras una de mis personalidades dormía las demás volvieran a la vida, por turnos, e hicieran diferentes cosas, tomaran decisiones diferentes, vivieran otras vidas alternativas? ¿Era yo la confluencia de mil mujeres diferentes, independientes unas de otras y dependientes todas de mí? ¿Un abanico de personas (¿de personajes?) con una esencia común?<br />
Fue en ese momento cuando sonó el timbre de la puerta. Alguien llamaba insistentemente, tanto que al principio me sobresalté. Dejé la copa sobre la mesa y fui a abrir. No pude. La puerta parecía estar encajada. Y el timbre perforaba mis tímpanos con abominable tenacidad. Y supe de pronto que fuera esperaban todas aquellas mujeres que componían mi yo y a las que mi pensamiento había convocado. ¿Querían reunirse, y dejar de ser incompletas? ¿Querían vengarse por sufrir aquella especie de maldición? El timbre seguía sonando hasta volverme loca. Yo ya no quería abrir. No podía. De pie, la espalda contra la puerta, mi instinto avisándome a gritos del peligro, sentí que el millar de mujeres que eran yo misma forzaban mi casa y arremetían contra mí con un golpe seco, y de pronto yo estaba de bruces sobre el suelo y aquellas mujeres se reían, y sus caras eran de hombres que me apuntaban con una pistola y entonces se transformaron en policías que intentaban convencerme de que aquella mañana no me había liberado nadie, de que yo había escapado de la cárcel asesinando a un guardia en mi huída. Pero no pude ser yo, yo me recuerdo a mí misma recogiendo mis efectos personales y saliendo a la puerta. Fue una de ellas, una de las otras. Se mueven mientras duermo. Y ahora quieren ustedes que firme esta declaración y lo haré, y no me importa volver a la cárcel porque habrá otras mil mujeres viviendo mis existencias alternativas mientras tanto, y no podrán controlarlas a todas. No, no es de ustedes de quien me río. Me río, no puedo dejar de reírme, estúpidos, porque no importa que yo firme o no este papel, no importa que me encierren porque antes o después estaré libre, me despertaré de nuevo y seré cualquiera de ellas en cualquier otro sitio. En otra de las cajas chinas. Lo sé. Estoy a punto de despertarme. Ahora, dentro de un minuto. Dentro de dos horas o de dos días. En cualquier momento. En cualquier momento.</p>
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		<title>Universo alternativo</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Jun 2010 05:00:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Palabras]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
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		<description><![CDATA[El siguiente relato fue finalista hace unos años en un Certamen Internacional convocado por El País Literario. Está publicado en papel, en el volumen Novísimos junto con el relato ganador y los demás finalistas, pero el libro está ya agotado y el cuento no está disponible on-line. Hasta ahora. &#160; &#160; Se sentó en la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
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<p><em>El siguiente relato fue finalista hace unos años en un Certamen Internacional convocado por El País Literario. Está publicado en papel, en el volumen</em> Novísimos <em>junto con el relato ganador y los demás finalistas, pero el libro está ya agotado y el cuento no está disponible on-line. Hasta ahora.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">Se sentó en la mecedora, junto a la cristalera. Como cada mañana se puso a contemplar el valle mientras amanecía. En camisón aún, sin zapatillas. Era ya primavera y le gustaba el contacto del suelo bajo sus pies descalzos. Tras la montaña se intuía, desperezándose, el primer albor. Vio tintarse el cielo de rojo e imaginó un clarín sangriento que anunciaba el día.</p>
<p><span id="more-7134"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Se puso a pensar que cada amanecer era diferente. Lo veía a diario, el mismo paisaje, el mismo sol, la misma ceremonia. Sin embargo ella lo vivía como un espectáculo que cada día traía sensaciones nuevas y distintas. Anotó aquella idea en el cuaderno, sobre sus rodillas. Siempre escribía después de amanecer.  Aquella media hora le pertenecía, pertenecía a su cuerpo y a su mente, y procuraba exprimir los minutos y bebérselos despacio, con fruición. El mensaje de aquel alba era, por alguna razón, triste. Pensó en los cuarenta años que cumpliría en agosto. Miró las notas que acababa de tomar y decidió darles forma.</p>
<p><em>¿Por qué me traes ahora<br />
lágrimas de otros ojos,<br />
suspiros de otras bocas,<br />
naturalezas muertas<br />
de lo que en otro tiempo fue<br />
belleza?<br />
En este amanecer de hielo y sangre<br />
sin túnicas, de luz<br />
desnuda y verdadera,<br />
¿por qué me traes, espejo,<br />
realidades,<br />
certezas,<br />
signos tan indudables cuya verdad me asfixia?</em></p>
<p><em>Y ¿por qué de repente?<br />
Hace una noche,<br />
apenas unas horas,<br />
yo era joven<br />
y caminaba a tientas sin saberlo<br />
sin red<br />
sobre el alambre fino de la vida.<br />
Y hoy<br />
en esta madrugada, espejo inhóspito,<br />
desvelas con crudeza los secretos<br />
del tiempo<br />
y pierdo el equilibrio<br />
para estrellarme contra tu reflejo,<br />
contra ti,<br />
contra mí,<br />
que he dejado de ser.</em></p>
<p><em>No puedo recobrar lo que ya fue.<br />
Cada segundo, el “es”<br />
se convierte en el “era”.</em></p>
<p><em>Soy, implacablemente,<br />
diez minutos más vieja<br />
que cuando comencé a escribir este poema.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Revisó el cuadernillo. Lo había dividido en varias secciones. En una de ellas tomaba notas que después cobraban vida propia y crecían hasta convertirse en historias o poemas. Terminar cada uno de ellos era como dar a luz. Eran sus criaturas. Ésta última, decidió, había nacido reflexiva y triste. Demasiado triste, de hecho. Inmediatamente decidió llevar su mente por otros derroteros. Tenía otro poema a medias, habría que decidir cómo acabarlo. Y había más cosas pendientes: escribir varios e-mails; buscar información relacionada con el mundo árabe para ilustrar su último relato (procuraba que lo que escribía fuese coherente y estuviese bien fundado, aún tratándose de ficción); comprobar varias páginas web que le interesaban, telefonear a un par de personas…</p>
<p style="text-align: justify;">La ducha la despejó y la hizo sentirse fresca. Fue consciente aquel día, sin embargo, de que su piel no estaba tan flexible como antaño. Se estudió frente al espejo durante unos minutos. No solía hacerlo. Tal vez por eso el resultado la tomó por sorpresa. Signos de madurez (nada de vejez, demasiado pronto para usar ese término) que parecían haber surgido de repente, en una sola noche. Así que era cierto, era más que una intuición absurda que había dado lugar a unos versos. El tiempo estaba ganando la partida.</p>
<p style="text-align: justify;">Desconectó para meterse de lleno en la vorágine de un día ordinario, prisas, atascos, el trabajo, la vuelta. Mil cosas que hacer. A veces, sin embargo, ponía en marcha el piloto automático y mientras su cuerpo se afanaba en tareas puramente mecánicas su mente ardía con ideas y reflexiones. Su pensamiento saltaba de una a otra, coherente unas veces, inconexo otras. Una parte de ella había sido siempre analítica, extraordinariamente lógica. La otra era su parte agreste, rebelde e imprevisible.</p>
<p style="text-align: justify;">Sara. Su nombre era de origen hebreo y significaba “princesa”. Pensó en sus padres. Ella sin embargo nunca quiso hacer de princesa cuando de niños jugaban a los cuentos. El personaje de la bruja le parecía mucho más atractivo. Le permitía encorvarse, tensar los dedos de las manos como si los tuviese agarrotados, cambiar la voz, experimentar muecas horribles. Era mucho más dramático ser bruja, y desde luego más interesante que desempeñar el papel de una princesa que siempre era “dulce y bellísima” y que a ella en realidad le parecía ñoña y bastante sosa, y desde luego con nada de iniciativa, siempre esperando que el príncipe viniera a sacarle las castañas del fuego.</p>
<p style="text-align: justify;">Decididamente, el príncipe se llevaba siempre la mejor parte, la parte activa. La princesa sólo tenía que dejarse querer, y dejarse avasallar (raptada, o humillada, o encerrada en una torre) para después dejarse rescatar. Dejarse hacer, en suma. Era siempre el objeto de la acción, nunca el sujeto.</p>
<p style="text-align: justify;">Tenía un amigo artista, pintor. Se dedicaba a ello en cuerpo y alma. A todo el mundo le parecía perfecto y muy natural que hubiese hecho del arte su profesión. Trató de recordar el nombre de alguna pintora. Ah, sí, Frida. Y… nada más. Tal vez no estaba muy puesta en arte, pero de cualquier modo decenas de nombres de pintores vinieron a su mente. Probó con la música. Había mujeres intérpretes, pero no conocía el nombre de ninguna compositora. Era como si a la mujer se le permitiese <em>recrear</em>, pero nunca <em>crear</em>. Dios es masculino.</p>
<p style="text-align: justify;">Recordó de pronto a Clara Schumann, la brillante pianista que aparcó su carrera como concertista para ejercer de esposa y madre y que después dio a conocer la obra de su marido, Robert. La mujer que, una vez casada, sólo volvió a los escenarios de modo ocasional y por razones económicas. Como segunda opción. Como actividad secundaria.</p>
<p style="text-align: justify;">Pensó en mujeres artistas de otras épocas, las menos, muchas de las cuales habían acabado con matrimonios rotos y cuya existencia, en muchos casos, había terminado en suicidio. ¿Había que renunciar, para dedicarse al arte, a una familia estable o incluso a la propia vida?</p>
<p style="text-align: justify;">Y pensó en sí misma. En un cajón de su mesa de trabajo guardaba sus escritos y sus notas. Todo inédito y desconocido. Nadie la iba a tomar en serio si un día, de pronto, decidía dedicarse a escribir. Aquello estaba muy bien como pasatiempo, algo para “ocupar sus ratos libres” (de los que generalmente no disponía). Ella misma se sentiría culpable si descuidaba las tareas domésticas, o pasaba menos tiempo con su marido, o dejaba a los niños con una niñera “para escribir”. En esta sociedad y en este punto del sur de España la familia y la casa aún se entendían como la primera prioridad de cualquier mujer. Se preguntó por qué podían ser la segunda para cualquier hombre sin que nadie se rasgase las vestiduras.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Y en otra sociedad? Había leído una teoría sobre universos alternativos, paralelos al nuestro, en el que las cosas ocurrirían de un modo ligeramente diferente. Pensó en las mujeres que, como ella, relegaban el arte a un segundo plano en sus vidas. En los libros que jamás serían escritos, en los cuadros que jamás serían pintados, en las partituras que no llegarían a existir. Pensó en las criaturas que vivían en las mentes de muchas otras mujeres y que nunca verían la luz. E imaginó un universo alternativo en el que cada una pariera lo que llevaba dentro. Imaginó, de hecho, que todos los vástagos de su imaginación coexistían, en aquel universo paralelo, con los de otras muchas féminas. Los proyectos no-natos, en un limbo lejano al que iban a parar las obras que nunca nacerían, a pesar de que habían sido engendradas.</p>
<p style="text-align: justify;">El ruido de la llave en la cerradura vino a sacarla de sus reflexiones. Las diez ya. Otro día que se acababa. Escuchó cómo la puerta de entrada se abría y volvía a cerrarse.</p>
<p style="text-align: left; padding-left: 15px;">-Cariño, ya estoy aquí.<br />
-En la cocina –alzó la voz mientras seguía batiendo un par de huevos. Rafael entró y la besó en los labios.<br />
-¿Cómo estás? –preguntó ella-. ¿Qué tal el día?<br />
-Cansado. Han surgido un par de problemas en la oficina que me han puesto muy tenso –abrió el frigorífico y sacó un refresco-. ¿Y los niños?<br />
-Bien. Isabel se cayó en el colegio esta mañana, pero no es nada. Están dormidos.<br />
-Ahora entraré a darles un beso. ¿Y tú? ¿Cómo te ha ido hoy?</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Levanté a los niños, los llevé al cole, me fui al trabajo, desde detrás de un mostrador atendí a más de cincuenta personas entre las que había, como siempre, algún imbécil, le eché tres kilos de paciencia a las exigencias de mi jefe, volví al cole a por los niños, les di el almuerzo en casa, los llevé a las actividades de la tarde y aproveché para hacer la compra, los recogí, me vi atrapada en un atasco durante media hora, jugué con ellos un rato mientras les daba un baño, les preparé la cena, los metí en la cama y les leí un cuento, preparé su ropa y su desayuno para el cole, dejé listo el almuerzo para mañana, recogí un poco la casa  y en cuanto a la cena, estoy en ello.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Paralelamente vi amanecer, escribí un poema y dejé otro a medias, pensé que hoy me siento como si la vejez me hubiese puesto su garra encima de repente, envié varios e-mails, leí un artículo muy interesante sobre la mujer árabe, pensé en mis padres y recordé momentos de mi infancia que creía olvidados, e imaginé otro universo, maravilloso y rico, que a lo mejor da pie a una de mis historias.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Pensó todo eso en sólo unos segundos, mientras lo miraba. Rafael había salido de casa a las seis, como cada mañana (tenía que viajar casi una hora hasta llegar al trabajo). Parecía agotado y la miraba con ternura. Probablemente también había tenido un día muy duro. Finalmente contestó, mientras vertía los huevos batidos en la sartén:</p>
<p style="text-align: left; padding-left: 15px;">-Como siempre. ¿Quieres una ensalada con la tortilla?</p>
<p style="text-align: center;">________________</p>
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		<title>Sueño kafkiano</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 17:14:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Diversas investigaciones (…), utilizando determinadas metodologías y procedimientos, describen como graves y extremas las condiciones de exclusión residencial, segregación y ocupación de infraviviendas de los inmigrados.” Fuegos artificiales, copas de champán, besos al aire que dejaban empalagosas estelas de perfume caro a ambos lados de mis mejillas. Escotes, perlas, trajes de Armani y de Dior, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
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<p><a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/es/"><img style="border-width: 0;" src="http://i.creativecommons.org/l/by-nc-sa/3.0/es/88x31.png" alt="Creative Commons License" /></a></p>
<blockquote><p>Diversas investigaciones (…), utilizando determinadas metodologías y procedimientos, describen como graves y extremas las condiciones de exclusión residencial, segregación y ocupación de infraviviendas de los inmigrados.”</p></blockquote>
<p>Fuegos artificiales, copas de champán, besos al aire que dejaban empalagosas estelas de perfume caro a ambos lados de mis mejillas. Escotes, perlas, trajes de Armani y de Dior, o de algún nuevo modisto de nombre impronunciable que hacía furor en <em>New York</em> últimamente. Todo el mundo empeñado en ser muy <em>cool</em>. Señores de etiqueta y de pelo engominado que hablaban por teléfonos móviles diminutos, casi hasta el extremo de desaparecer en sus manos; una muestra variada y ostentosa de IPods, de Iphones y de todos los Ips y <em>gadgets</em> imaginables sin los que, por supuesto, la vida no es posible hoy. En algún sitio había leído que cuando el varón actual despliega una amplia colección de aparatitos de tecnología avanzada lo hace para paliar su inseguridad personal y, fundamentalmente, sexual. Concluí que, si eso era cierto, aquella fiesta estaba llena de machos impotentes que se escondían bajo sonrisas blancas y piel dorada de rayos UVA. Fin de las campanadas. Feliz año Nuevo, inmerso en un Siglo Nuevo. En un Nuevo Milenio. Bienvenidos al futuro.</p>
<p><span id="more-6933"></span>A pesar de que la temperatura no era desagradable, abandoné la terraza del hotel y pasé al gran salón, como muchos de los invitados. El mobiliario era profuso y ostensiblemente caro, excesivo incluso, casi prepotente. Carecía de la elegancia natural que confieren las líneas simples y se abigarraba con criterios basados, seguramente, en tamaño y coste. Todo era muy grande. O muy caro. O ambas cosas. Cualquier otro aspecto (estética, armonía, buen gusto, sobre todo buen gusto) parecía haber sido irrelevante en la elección de los elementos de aquella sala.</p>
<p>Me llamaron la atención las paredes, revestidas de un delicado tejido con brocados y filigranas bordadas en oro. Al menos a simple vista. Me aproximé para comprobar de cerca una labor tan esmerada y toqué la superficie. La textura me sorprendió tanto que me acerqué más aún para cerciorarme de mi primera impresión: lo que al principio me pareció seda lujosamente bordada no era más que… ¡papel pintado! Una buena imitación del tejido, pero papel al fin y al cabo. El descubrimiento me provocó tal desconcierto que continué examinando los muros con cierta discreción, inadvertida en el bullicio de aquel evento en el que no conocía a nadie, hasta alcanzar uno de los rincones de la estancia. Y allí, <em>voilà</em>, una esquina del papel se levantaba, ligeramente despegada de la pared.</p>
<p>Sonreí con malicia. Me divertía el pequeño placer de un descubrimiento que ponía en evidencia lagunas de imperfección (y de mentira) en un ambiente tan pretendidamente exquisito. Y quise saber de qué color era la superficie original, así que con delicadeza levanté aquel borde delator.</p>
<p>Primero fue el tacto. Un cosquilleo leve sobre mis uñas que sólo me provocó curiosidad. Después la vi. Negra, brillante, moviéndose con rapidez sobre mi mano hasta escapar aprovechando mi estupor. Una cucaracha pequeña, horrible, nauseabunda. Siempre me han producido pavor las cucarachas. Permanecí inmóvil, muda, conmocionada, con una mueca estúpida de horror y de asco.</p>
<p>No sé qué me impulsó a hacer lo que parecía impensable, pero fui más allá. Con cuidado levanté un área mayor de aquel falso decorado recién descubierto. Y allí estaban. Cientos. Miles de ellas.</p>
<p>Hacinadas en el ínfimo espacio existente entre el pliego y el muro, se movían afanosamente formando una costra oscura y brillante y, sobre todo, viva. Un inframundo oculto que parecía actuar, sin embargo, como el soporte imprescindible que entre bastidores soportaba aquel frágil escenario.</p>
<p>Advertí con espanto que mi curiosidad había mostrado a algunas de las más atrevidas el camino hasta el exterior. Varias exploraban ya la moqueta en distintas direcciones. Una se acercó al zapato de un señor con esmoquin, y yo no quería ni imaginar lo que ocurriría si alguno de los asistentes daba la voz de alarma ante la inesperada plaga. El invitado bajó la mirada un instante, interrumpiendo la conversación en la que estaba inmerso, y yo cerré los ojos y pensé: ya está. Ahora es cuando empieza la hecatombe.</p>
<p>Pero no ocurrió nada. <em>Nada</em>. El caballero siguió hablando y, con una sonrisa, mientras brindaba con su interlocutor, levantó unos milímetros el tacón del zapato. Un pequeño y consciente giro, minuciosamente calculado. Un movimiento muy sutil. Y un chasquido que se perdió en el bullicio de la sala, aunque sonó con estrépito en mi cerebro que se moría de angustia. Nada más. Ambos hombres se alejaron charlando animadamente hasta otro punto de la habitación. Las puntas de sus zapatos, que asomaban bajo el pantalón bien planchado, brillaban como cucarachas negras.</p>
<p>Desconcertada, busqué el rastro de alguna otra fugitiva. Descubrí una de ellas sobre una mesa, perdida entre cócteles y canapés. Una dama parecía dudar entre las opciones que la mesa ofrecía hasta que finalmente se decidió por una bebida. Ahora sí, pensé. Chillará en cuanto la vea. La mujer, sin embargo, no pareció advertir nada extraño y continuó conversando con otra de las invitadas. Sólo después de un momento volvió a colocar su copa sobre el mantel y entonces me di cuenta. De manera casual, mientras miraba a otro lado y continuaba con la conversación, colocó la base del vaso <em>justo sobre el insecto</em>. Y presionó. Presionó hasta aplastarlo. Después movió uno de los platos con aparente descuido y el pequeño cadáver cayó al suelo. Eso fue todo. Con un suspiro, la dama tomó un canapé minúsculo cubierto de caviar y lo mordió. El caviar relucía entre sus dientes níveos como un nido de cucarachas diminutas.</p>
<p>El resto de las que se habían aventurado a escapar para explorar un mundo prohibido e ignoto corrió una suerte similar. Poco a poco todas fueron desapareciendo bajo los vasos, los platos, las servilletas, los pañuelos, los tacones de los invitados. Y ello de manera pretendidamente inadvertida para todos, al parecer, excepto para mí. Nadie torció el gesto, nadie hizo una mueca extraña ni subió la voz más de lo debido. Ninguno perdió la sonrisa ni interrumpió su conversación. Nadie modificó su pose en ningún momento, nadie cambió de actividad ni acusó incomodidad alguna. Todo continuaba desarrollándose con la mayor naturalidad…</p>
<p>Perpleja y confusa al principio, tras unos minutos me recobré y me acerqué al rincón revelador que había supuesto el origen del problema. Fue entonces cuando tomé la decisión más importante de mi vida. Lo hice decidida a ser consecuente a partir de entonces, a formar parte activa de la realidad que me rodeaba ahora que por fin era consciente de ella. Decidida, en suma, a ser una persona razonable y adulta de una vez, alguien con la cabeza fría y los pies en el suelo.</p>
<p>Respiré hondo y saqué un chicle del bolso. Lo masqué unos segundos y con valentía insólita procedí a sellar con él la esquina despegada. <em>C‘est fini</em>.</p>
<p>Las posibles supervivientes que podían quedar aún en el salón tampoco me preocupaban ya. Alguien se ocuparía de ellas tarde o temprano. Y volví a la fiesta.</p>
<p>Eso sí, antes de emprender mi nueva vida me atusé el pelo tras la oreja para mostrar sutilmente mis pendientes (prestados, de momento), y con la cabeza bien alta y los tacones bien firmes me serví una copa de champán y unos cuantos güisquis dobles. Mientras los apuraba reflexioné sobre la compleja y difícil cuestión de qué modelo de móvil me compraría al día siguiente. ¿Móvil o Iphone?… Una elección crucial y trascendente. Me llevaría unos días, tal vez unas semanas, decidirlo.</p>
<p style="text-align: right;"><em>&#8220;Sueño kafkiano&#8221; fue publicado originalmente en <a href="http://axxon.com.ar/rev/?p=1842">Axxon</a>.</em></p>
<p>Esta obra está bajo una <a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/es/">licencia de Creative Commons</a>.</p>
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		<title>La mudanza (microrrelato)</title>
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		<pubDate>Thu, 27 May 2010 17:02:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La escalera olía a orines. A pesar de la bombilla sucia y rala, que proyectaba una luz exigua, los desconchones de la pared eran visibles y descorazonadores. No había ascensor. Tuve que subir a pie hasta el cuarto piso. Y al olor a excrementos fueron sumándose otros en cada planta hasta completar un hedor de [...]]]></description>
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<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
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</div>
<p>La escalera olía a orines. A pesar de la bombilla sucia y rala, que proyectaba una luz exigua, los desconchones de la pared eran visibles y descorazonadores. No había ascensor. Tuve que subir a pie hasta el cuarto piso. Y al olor a excrementos fueron sumándose otros en cada planta hasta completar un hedor de pucheros, de humedad, de miseria.<br />
Dudé antes de llamar. El sitio no encajaba con lo exótico del anuncio que me había llevado hasta allí. Volví a leer el texto:</p>
<p><strong>Vendo crisálida. Sólo para coleccionistas.<br />
Envoltura de crisálida de mariposa. Vacía. Muy delicada. En buen estado. Colores preciosos, textura exquisita. Posibilidades decorativas o prácticas. Joya de colección. Muy inusual y rara. </strong></p>
<p>No había timbre. Golpeé la puerta con los nudillos. Pasaron unos segundos antes de que un rostro de mujer se asomara, cauteloso, por la puerta entreabierta. Tenía un ojo amoratado.  Sonreía.<br />
-¿Sí?<br />
-Vengo por lo del anuncio. La crisálida… -esgrimía frente a mí el trozo de periódico, torpemente, como acreditando mis palabras.<br />
-Ah –con voz dulce-. Claro.<br />
Abrió la puerta un poco más, se movió a un lado y apareció de nuevo, dejándome atónito.<br />
-Es ésta. ¿Tiene dónde transportarla? Verá, me mudo y hay cosas que ya no necesito. Esto es algo de lo que quiero deshacerme –sonrió y, sin esperar respuesta, me tendió aquella cápsula enorme, tan alta como yo mismo. De pronto me vi sujetando un capullo de seda descomunal, de apariencia alarmantemente frágil a pesar de su tamaño. Con un guiño me despidió, sin aceptar ninguna oferta por mi parte, aduciendo que yo le parecía la persona adecuada.</p>
<p>Fue durante un instante casi infinitesimal. Se movió para cerrar la puerta y vi, prendidos de su espalda, reflejos fugaces de luz y transparencias apenas desplegándose en mitad de la penumbra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em><a href="http://www.tablondeanuncios.com/">Concurso de relatos sobre anuncios clasificados de tablondeanuncios.com.</a></em></p>
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		<title>La coraza del guerrero (cuento)</title>
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		<pubDate>Fri, 21 May 2010 06:00:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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		<description><![CDATA[Había una vez, hace miles de años, un gran guerrero al que todo su pueblo admiraba por su valor y por su honestidad, por su inteligencia, pero sobre todo por su corazón generoso y bueno. Lo admiraban tanto, de hecho, que lo convirtieron en su rey, y durante varios años el guerrero gobernó aquel reino [...]]]></description>
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<p style="text-align: justify;">Había una vez, hace miles de años, un gran guerrero al que todo su pueblo admiraba por su valor y por su honestidad, por su inteligencia, pero sobre todo por su corazón generoso y bueno. Lo admiraban tanto, de hecho, que lo convirtieron en su rey, y durante varios años el guerrero gobernó aquel reino con prudencia y sabiduría.<br />
Por desgracia, años más tarde las circunstancias lo obligaron a volver a hacer uso también de su coraje. El país entró en guerra con un país vecino y el rey, al frente de sus ejércitos, tuvo que marcharse a luchar en una guerra encarnizada.<br />
Temerosos de perder a su monarca, los soldados lo revistieron de una coraza que lo protegiera de ataques enemigos. Así que salía cada jornada a luchar, sobre su caballo blanco, con la coraza puesta y rodeado de sus hombres, cualquiera de los cuales estaba dispuesto a dar la vida por él.</p>
<p><span id="more-6741"></span></p>
<p style="text-align: justify;">El tiempo de guerra, en lugar de acabar, se fue recrudeciendo. Los hombres morían, los víveres escaseaban, las noches eran cada vez más largas y los días más peligrosos y agotadores. Los fieles soldados, temerosos por la seguridad de su soberano, fueron poniendo a la coraza original más capas de hierro y acero, de modo que en ningún caso un arma enemiga pudiera alcanzar un punto vital del cuerpo del rey. El guerrero se dejó hacer, impasible. Y la situación se prolongó durante años y años…</p>
<p style="text-align: justify;">Finalmente, un día, tal vez por agotamiento o por desidia, tal vez porque los contendientes se dieron cuenta de que aquella situación no merecía la pena, la guerra llegó a su fin. Se establecieron unas condiciones de paz y los soldados volvieron a casa.</p>
<p style="text-align: justify;">El guerrero volvió al palacio que había sido su hogar, después de un tiempo que le había parecido infinito. Quiso abrazar a sus amigos y sirvientes, sentarse en su silla preferida, disfrutar de sus aposentos como antaño.<br />
No pudo, sin embargo: la coraza, que se había convertido en una barrera monstruosa y enorme, lo impedía. El rey, abrumado e impotente,  mandó llamar inmediatamente al herrero real.<br />
-No necesito ya esta coraza, por muy útil que haya sido durante estos años. Quitádmela, pronto.<br />
El herrero se inclinó ante su rey y procedió a solicitar la presencia de sus ayudantes, provistos de herramientas adecuadas. Trabajaron durante toda la noche. Utilizaron todos los materiales que existían en el palacio y a los hombres más fuertes de la servidumbre. A pesar de sus esfuerzos, fue imposible librar al guerrero de su pesada protección. La coraza no cedía ni un ápice, no mostraba ni siquiera un simple arañazo tras los repetidos intentos del herrero y sus hombres.<br />
-Lo siento mucho, majestad…No es posible –se disculpó el artesano, sin saber qué otra cosa podía hacer-. El acero, con las sucesivas capas de  estos años, se ha vuelto impenetrable.<br />
El rey pensó un momento antes de ordenar, enérgicamente:<br />
-Id y buscad por todo el reino. Traed herramientas nuevas, desconocidas, cualquier cosa que pueda servir, cualquier persona con la fuerza suficiente… Os doy tres días de plazo.</p>
<p style="text-align: justify;">Comenzó la cuenta atrás. El rey, sentado en el salón del trono con la mirada perdida tras la grotesca armadura, no parecía consciente de nada de lo que ocurría a su alrededor. Sus sirvientes, a quienes entristecía su estado, trataron de consolarle. Así que el primer día se atrevieron a sugerir, tímidamente:<br />
-Señor, es primavera. Prestad atención… ¿oís el canto del ruiseñor en los jardines reales?<br />
Pero el monarca contestó:<br />
-No –y suspiró consternado-, no puedo oírlo. Esta coraza me cubre los oídos y no me deja apreciar tales delicadezas. Puedo oír disparos de cañones, el choque de las lanzas, el estruendo del campo de batalla. Soy capaz de oír al ejército enemigo a un kilómetro de distancia. Pero  no puedo oír cantar a un ruiseñor.<br />
El segundo día, viendo que el rey continuaba triste y absorto en sus pensamientos, los sirvientes propusieron:<br />
-Señor, podría vuestra Majestad salir fuera y disfrutar del sol y de la luz de este mes de mayo…<br />
Pero una vez más, el rey contestó:<br />
-No, no puedo. La luz del sol no llega hasta mis ojos. Esta armadura los cubre con tanta eficiencia que apenas si los alcanza la claridad. Vislumbran el brillo de las espadas, los fogonazos de un arma&#8230; pero no podrían diferenciar los matices del sol suave de primavera.<br />
La mañana del tercer día, los sirvientes lo intentaron de nuevo:<br />
-Señor, los jardines lucen espléndidos, llenos de rosas y jazmines en flor. Tal vez podría vuestra majestad disfrutar de su aroma…<br />
Pero por tercera vez el rey rechazó la sugerencia:<br />
-Imposible –y sonrió con tristeza-. No podría apreciarlo. Ningún aroma llega a mis sentidos que no sea el olor fuerte de la sangre y de la pólvora, el de los cadáveres del campo de batalla, el del sudor de los soldados. La fragancia de jazmines y rosas es demasiado sutil. Jamás atravesaría mi armadura.</p>
<p style="text-align: justify;">Llegó al fin el atardecer de aquel último día de plazo, y los clarines anunciaron la vuelta de la comisión real encabezada por el herrero. Venían exhaustos, pero se dirigieron inmediatamente a informar al rey.<br />
-Majestad, no hemos podido encontrar herramienta alguna más útil que las nuestras ni mortal más fuerte que nuestros soldados. Pero hemos hallado, en las últimas montañas de los confines más lejanos del reino, a una extraña mujer: una hechicera que dice saber cómo liberaros.<br />
El herrero se apartó con una reverencia y dejó paso a una dama de pelo largo y castaño, suelto hasta la cintura. Era delgada y alta, de aspecto frágil y edad indefinida, e iba vestida con una sencilla túnica. Dio un par de pasos al frente y habló con voz sosegada, mirando al guerrero a los ojos:<br />
-Quisiera hablar con el rey en privado.<br />
Los sirvientes miraron a su soberano, esperando sus órdenes. El rey reflexionó unos instantes y finalmente, concluyendo que no tenía nada que perder, dijo:<br />
-Sea.<br />
La mujer sonrió con calma y añadió:<br />
-En privado. En los aposentos reales.<br />
Sorprendido por la petición, el monarca finalmente cedió a ella. Ambos fueron acompañados hasta las habitaciones privadas del rey, donde la dama pidió una vez más que los dejaran solos.<br />
-No tengáis miedo –volvió a hablar la maga, dirigiéndose al guerrero-. Conozco la herramienta capaz de libraros de esa armadura, señor.<br />
Y diciendo aquello, se acercó al monarca y lo tomó de la mano para conducirlo a la parte más privada de las zonas reales. Allí, con suavidad, lo sentó sobre el lecho.<br />
Sin más, la dama se sentó junto al rey mirándolo a los ojos. Entonces, con exquisita delicadeza, puso sus manos sobre la coraza y comenzó a posar en ella suaves besos. Besos llenos unas veces de ternura y de donaire, de pasión y de hondura otras; ligeros unos como pequeñas mariposas, intensos y profundos otros como el mayor de los océanos. Entre un beso y el siguiente, con absoluta entrega, la maga susurraba palabras dulces junto al acero que cubría el corazón del rey. El guerrero permanecía inmóvil, en silencio, envuelto en un sosiego extraño y agradable que no había sentido desde hacía mucho, mucho tiempo. Tanto que ni siquiera lo recordaba ya.<br />
Después de muchas horas, de muchos besos, de muchas palabras por parte de la extraña maga, de muchas caricias pacientes y dulces, fragmentos de la coraza comenzaron, de modo inexplicable, a desmoronarse. Y a medida que la hechicera continuaba, perseverante, el acero se iba convirtiendo en polvo.</p>
<p style="text-align: justify;">Siete días y siete noches dedicó la dama a liberar al guerrero. Siete días y siete noches en los que la coraza, inexpugnable ante la fuerza, se fue rindiendo lentamente a la ternura.  Al fin, la mujer contempló el cuerpo del rey sobre las sábanas.<br />
-Sois libre –le dijo sonriendo.<br />
-Lo soy –contestó el guerrero con incredulidad, observando sus miembros liberados, palpándose el rostro. Y se levantó despacio, con cuidado, temiendo no saber moverse, sintiéndose desnudo y vulnerable.<br />
-Pero… -apuntó tímidamente- no sé si ahora sabré vivir sin coraza –y suspiró-. Tengo miedo.<br />
La maga se acercó a él. Aquel hombre antaño rudo e invulnerable parecía tener ahora la fragilidad y la torpeza de un potrillo recién nacido.<br />
La mujer acarició sus párpados hasta que el rey cerró los ojos. Entonces tomó entre sus manos las mejillas del guerrero y le habló al oído:<br />
-Mi señor, es posible que ahora vuestra vida sea menos segura, y puede que más corta, en estas circunstancias. Pero a partir de hoy, al fin, podréis vivirla.<br />
Y tomándolo de la mano, lo llevó hasta la ventana desde donde se escuchaba el ruiseñor, desde donde se veían los jardines a la luz del sol cálido de mayo, desde donde se respiraba un aroma delicioso de jazmines y rosas.<br />
-Vuestra coraza protegía del peligro a vuestro corazón, pero también lo encarcelaba.<br />
La dama volvió a llevar al rey hasta su lecho y lo instó a descansar. Sentada a su lado se puso a cantar muy bajito, en un susurro, en un idioma desconocido e hipnótico, hasta que el guerrero se quedó dormido.<br />
Cuando el rey se despertó, la mujer no estaba. Inmediatamente ordenó su búsqueda por todo el reino, pero ninguna expedición tuvo éxito. Nadie volvió a saber jamás de la dulce hechicera.</p>
<p style="text-align: justify;">Desde entonces, generación tras generación, la historia del corazón y la coraza se recordó siempre en la historia de aquel país y fue transmitiéndose de padres a hijos, de abuelos a nietos. Se hablaba de ella con orgullo. Y todos se referían a aquel episodio como un momento crucial en la historia del reino: el día en que los besos, la ternura y las palabras vencieron al miedo.</p>
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		<title>Malabares</title>
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		<pubDate>Fri, 07 May 2010 06:00:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Comencé con dos platos en el aire. Despacio al principio, más rápido después… Puedo con más, pensé, y añadí otro. Y satisfecha por mi habilidad, decidí que podía con uno más. Con otro par incluso… Diez horas o diez años después (yo misma había perdido la cuenta) me vi inmersa, aún no sé cómo, en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
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<p>Comencé con dos platos en el aire. Despacio al principio, más rápido después… Puedo con más, pensé, y añadí otro. Y satisfecha por mi habilidad, decidí que podía con uno más. Con otro par incluso… </p>
<p>Diez horas o diez años después (yo misma había perdido la cuenta) me vi inmersa, aún no sé cómo, en la vorágine de hacer malabares con toda una vajilla. Me organizaba lanzando primero los platos de postre, y sin perder de vista los llanos corría a recoger los soperos, pendiente, cómo no, de las fuentes que entraban de tarde en tarde en órbita, de los vasos, de las copas. Más rápido, más rápido, sin fallar un segundo… Y así una vez, y otra. </p>
<p>Hasta la tarde T del día D. No sé ni si hacía sol, hacía años que había olvidado mirar por la ventana. Ocurrió la catástrofe, lo inevitable. Falló una pieza que rompió la maquinaria de mi rutina vertiginosa y sincronizada y perfecta. Y un momento después, sin transición, sin previo aviso, me vi sentada en el suelo rodeada de fragmentos de loza, de trozos de platos rotos. </p>
<p>La tarde T marcó el comienzo de mi vida. Recogí los pedazos despacito, recuperé el aliento, me levanté. </p>
<p>Y fui al aparador. Busqué la vajilla de lujo, la de las grandes ocasiones, la importante. Sólo dos platos, tres a los sumo. Los más bonitos, las joyas de mi colección. Únicamente ellos. Y los cogí con mimo. Nada de malabares esta vez. Busqué mi mecedora y me los puse en el regazo. Y me permití, durante un buen rato, acariciarlos, disfrutar su porcelana fina y de lo extraordinario de sus imágenes. </p>
<p>Y todo eso, por supuesto, con la ventana abierta. De par en par. </p>
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		<title>Felices S.A.</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Apr 2010 06:00:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[¡Felicidad! ¡Felicidad al peso! ¡Compre usted una vida distinta, placentera, relaciones sociales, autoestima por kilos! Le ofrecemos sonrisa tipo Hollywood. ¡Póngase tetas, oiga! (Talla cien, ya que estamos. Sin miserias). Silicona en los labios, las mejillas retocadas con bótox (un pelín en los pómulos dará intelectualidad a su mirada. Y sin leer un libro). Un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
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</div>
<p>¡Felicidad!<br />
¡Felicidad al peso! ¡Compre usted<br />
una vida distinta, placentera,<br />
relaciones sociales, autoestima<br />
por kilos!  </p>
<p>Le ofrecemos sonrisa tipo Hollywood.<br />
¡Póngase tetas, oiga!<br />
(Talla cien, ya que estamos. Sin miserias).<br />
Silicona en los labios, las mejillas<br />
retocadas con bótox<br />
(un pelín en los pómulos dará<br />
intelectualidad a su mirada.<br />
Y sin leer un libro).<br />
Un mentón prominente<br />
gracias a los retoques oportunos<br />
hará de usted una persona firme y decidida. </p>
<p>Le subimos los párpados, el culo<br />
(por ende la libido),<br />
y lo que necesite<br />
por un módico precio<br />
que podrá ir abonando en plazos cómodos. </p>
<p>Venga a vernos. </p>
<p>Retiramos lo viejo:<br />
esas patas de gallo, esas arrugas,<br />
michelines, barriga, celulitis,<br />
lunares, manchas, quistes, cualquier seña<br />
de identidad que tenga.<br />
Vendemos bienestar y perfección<br />
y eliminamos todo<br />
lo que suponga, irremisiblemente,<br />
una carga inservible para usted:<br />
sus kilos, sus miserias,<br />
sus pensamientos vanos,<br />
su cerebro.</p>
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		<title>Tras los pasos de León: Sábado</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Apr 2010 11:10:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[post conjunto]]></category>
		<category><![CDATA[Semana Santa]]></category>

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		<description><![CDATA[La miro a los ojos. Se abren como dos pozos negros a los que estoy a punto de abocarme y justo entonces me toma de la mano y tira de mí violentamente. -¡Rápido! ¡Han sido ellos! ¡Lo tienen! Corremos desesperadamente por los pasillos del hospital, el ascensor (¡no! ¡No es seguro! –me grita ella), las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/relatos/" title="Relatos"><img src="/wp-content/images/icons/topic_relatos.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Relatos" /></a>
</div>
<p style="text-align: center"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2009/03/semana-de-penitencia.gif"><img class="size-full wp-image-3092 aligncenter" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2009/03/semana-de-penitencia.gif" alt="Semana de penitencia" width="186" height="182" /></a></p>
<p>La miro a los ojos. Se abren como dos pozos negros a los que estoy a punto de abocarme y justo entonces me toma de la mano y tira de mí violentamente.<br />
	-¡Rápido! ¡Han sido ellos! ¡Lo tienen!<br />
Corremos desesperadamente por los pasillos del hospital, el ascensor (¡no! ¡No es seguro! –me grita ella), las diferentes salas, la puerta principal. Me falta el aire y me planto en la escalinata de la puerta, mis manos apoyadas en los muslos para tratar de recuperarme.<br />
-¿Me vas a explicar qué coño pasa? ¿Por qué corremos? ¿De qué estás hablando?<br />
-León, la Cofradía… Son ellos. Lo tienen. Estoy perdida. <span id="more-6148"></span><br />
-Escucha, Aurora: no pienso dar un paso más hasta que me des una buena razón para seguirte. Necesito que confíes en mí si quieres que yo haga lo mismo, no puedo continuar a ciegas. Esas son mis condiciones.<br />
Me la juego, por supuesto, es un farol, iría con ella al fin del mundo y probablemente lo sabe. Sin embargo me mira, sopesando sus posibilidades, y contesta:<br />
-Las palabras, Miguel. La clave está en las palabras –me mira de hito en hito y finalmente continúa con decisión-. Reúnete conmigo a las cuatro en el Cementerio de San José. Búscame cerca de la tumba de Ganivet.<br />
-¿El cementerio? Pero ¿por qué no ahora? ¿Dónde vas a ir hasta entonces?<br />
-¡A las cuatro! ¡No lo olvides!<br />
Grita sin dejar de correr. La veo desaparecer detrás de un autobús. Ha cruzado sin mirar, ni siquiera ha vuelto la cara hacia mí para despedirse. Y está asustada, cualquiera podría verlo. A las cuatro. Son las dos. Tengo dos horas para tratar de ir atando cabos. El tal León, un trapecista en coma que desaparece; un enano obsesionado con esta mujer, esta Aurora o como demonios se llame, que tiene tanto de Ester en ella que me da miedo; una Cofradía que parece tener un lado oscuro… Mierda, nada tiene pies ni cabeza. Y no puedo pensar sin la medicación y sin un buen trago. Enciendo un cigarrillo y entro en un bar cercano. Hay que ser prácticos.<br />
-Un bocadillo de tortilla. Y una cerveza negra. </p>
<p>Me sienta bien comer, pero sobre todo me sienta bien la cerveza. El alcohol me aclara las ideas y me tranquiliza. Tiemblo menos, casi nada ya. Mientras pago la cuenta echo un vistazo buscando el baño y descubro una puerta desvencijada que pone “Servicios”. Necesito dar salida a la cerveza, así que…<br />
Siempre me ha producido pudor usar baños públicos. Es indiscreto. Como ahora, tener que desahogarme mientras el tío de al lado me mira insistentemente. Tan alto. De hecho resulta intimidatorio. Y al otro lado uno bajito, metro y medio como mucho. Estoy a punto de preguntar qué cojones miran cuando el alto, de pronto, me agarra de la pechera y me sujeta contra los azulejos. Esto no me lo esperaba, joder. El bajito pregunta con voz aguda y desagradable:<br />
-¿Dónde está la mujer?<br />
-No sé de qué coño hablan.<br />
-No te hagas el tonto. Aurora. ¿Dónde está?<br />
-No tengo ni idea. A mí déjenme en paz.<br />
El pequeño hace un gesto con la cabeza y el alto saca una porra no sé de dónde, como por arte de magia. En ese momento suenan los goznes de la puerta y el gorila guarda el arma y me coloca la mano en el hombro, como si estuviéramos charlando tranquilamente. Un hombre mayor entra y utiliza uno de los orinales. Pienso con rapidez, y actúo sin darme tiempo a sopesar el riesgo. Un buen rodillazo en la entrepierna deja al gigante fuera de combate, encogido sobre el suelo sucio. El pequeño se ve bloqueado por su amigo al intentar perseguirme y también pierde el equilibrio. Bingo. No me detengo a estudiar la expresión del recién llegado, aunque me la imagino. Aprovecho la confusión para salir del bar y perderme por callejones estrechos, una de las facetas que me han gustado siempre de Granada. Y la ciudad me cubre y me protege entre los velos de sus calles. Como antes. Como siempre.  </p>
<p>Desde la puerta del cementerio se accede a unas vistas magníficas, únicas. No me extraña que Aurora me haya citado aquí. Parece un lugar relativamente seguro, o como mínimo tranquilo. Cruzo la enorme verja de la entrada y echo un vistazo al plano que, sobre azulejos, indica las distintas partes del camposanto. La tumba de Ganivet debe estar cerca.<br />
Ella está de pie, frente a la lápida, de espaldas a mí, como si rezara por el difunto. Hay algo de místico en su aspecto, una aureola de inocencia que me atrapa y me impulsa a abrazarla, a besarla de nuevo. Pero me contengo. Un par de ancianas caminan por la vereda central.<br />
-Aurora…<br />
Se vuelve y me mira con aquellos pozos negros y siento que estoy a punto de perderme en ellos. Otra vez.<br />
	-Aquí no. Sígueme.<br />
Camino a su lado entre lápidas y flores, entre los mausoleos y estatuas del patio romántico del S. XIX, entre obras de arte cuya belleza me ha fascinado siempre, y sin embargo hoy no soy consciente de nada que no sean sus ojos. Y aquel aroma… Ester…<br />
	Nos sentamos en un pequeño banco y sólo entonces se decide a hablar.<br />
	-¿Qué sabes de religión, Miguel?<br />
	-¿De religión? –eso sí que no me lo esperaba-. Hum, poco. Lo que todo el mundo, supongo.<br />
	-¿Estudiaste latín alguna vez?<br />
	-¿Latín? Oye, ¿a qué viene esto? ¿Vas a examinarme o algo antes de explicarme qué es lo que está pasando?<br />
	-Te será más fácil comprenderlo si cuentas con… bueno, con los conocimientos básicos.<br />
	-Ah –parece un argumento razonable. O tal vez soy yo quien se esfuerza en encontrarlo razonable-. Pues… de latín casi no recuerdo nada. ¿Es imprescindible?<br />
	-Da igual. Trataré de explicártelo de una manera sencilla, aunque no sé por dónde empezar… Verás, León es la llave. Él es la clave de todo.<br />
	El sol se filtra por entre los árboles y acaricia los mármoles con delicadeza, compadecido sin duda de su frigidez. Me concentro en las palabras que acabo de oír.<br />
	-¿Una llave? ¿Por eso crees que se lo han llevado? Por cierto, acabo de tener un encuentro muy interesante con un par de tipos que me preguntaron por ti. ¿Qué pasa, Aurora? Esos tíos casi me matan –¿por qué esa puta manía de hacerme el duro con ellas?  Mis ojos desmienten lo que dicen mis labios, de todos modos.<br />
	-¿Uno era alto? ¿Y el otro bajito, con una voz extraña? –no parecía sorprendida en absoluto.<br />
	-Ya veo que los conoces.<br />
	-Son ellos. Ahora tú también estás en peligro. Se supone que no debían llegar hasta ti… aún.<br />
	-¿Aún? ¿Qué coño tiene todo esto que ver conmigo?<br />
	Ella suspira, como si fuera a explicarle a un niño alguno de los secretos de la vida, como si fuera a coger a un toro por los cuernos, y me mira enfrentándose a mí. Por primera vez tengo la sensación de que estoy a punto de oír la verdad. Al fin.<br />
	-Contéstame, Miguel: ¿Dios es bueno?<br />
¿Qué tiene Dios que ver con todo esto? Empiezo a pensar que esta mujer es una pobre trastornada. Pero hermosa, tan hermosa. Y su aroma…<br />
	-¿Dios? Y yo qué cojones sé. Supongo. Se supone que sí, que es el bueno de la película y el diablo es el malo&#8230; Toda esa movida. ¿A qué viene esto?<br />
	-¿Eres cristiano, judío, ateo…? ¿En qué crees, Miguel?<br />
Habla no obstante con serenidad, con lucidez y firmeza aparentes. Decido contestar. No hay nada que perder, al fin y al cabo, y necesito ver adónde lleva todo esto.<br />
	-Estoy bautizado, si te refieres a eso, así que supongo que soy cristiano. Y también hice la primera comunión. Como todo el mundo, vamos. Pero aparte de eso… qué quieres que te diga, no me van mucho esas cosas. Digamos que si me pierdo no me vas a encontrar en una iglesia –sonrío con sarcasmo.<br />
	-Según las religiones monoteístas Dios es el creador de todo. Infinitamente poderoso, hizo al hombre a su imagen y semejanza y quiso que tanto el hombre como el resto de las criaturas se rindieran ante su perfección y su poder.<br />
	-Sí, vale. Hasta ahí llego… Pero supongo que después el hombre lo jodió todo, ¿no? Porque no se puede decir que el mundo sea precisamente un paraíso, ni que los hombres sean dechados de virtud. Ni siquiera los curas. Especialmente los curas –me río entre dientes. A menudo me sale mi anticlericalismo sin remedio.<br />
	-¿Y no te resulta extraño eso, si consideramos que el hombre está creado a imagen y semejanza de Dios? –su voz es un susurro cálido e irresistible que me obliga a cerrar los ojos un instante con un estremecimiento. Trato de recuperarme y recobrar el control. “Céntrate, joder” –me riño a mí mismo.<br />
	-¿Qué quieres decir con eso?<br />
	-¿No es más fácil pensar que tampoco Dios es perfecto? Pensar que de hecho tiene un defecto innegable: la soberbia. Poderoso, sí, magnífico… Tanto que no pudo aceptar que nadie cuestionara su autoridad o su infalibilidad, su perfección.<br />
	-¿Acaso alguien se atreve alguna vez a hacer eso? Los que creen en él le atribuyen todas esas cualidades como verdad innegable.<br />
	-Los hombres, querrás decir. Los hombres que creen en él.<br />
	-Pero…<br />
Ella alza una de sus manos, interrumpiéndome, y prosigue:<br />
	-Junto a Dios existía un ser de insuperable belleza del que, además, manaba Sabiduría.<br />
	-Hum. Creo que esa clase de catequesis me la salté. ¿Otro Dios? ¿Alguien incluso mejor que Dios?<br />
	-Una criatura paralela a él, de hecho. Una especie de gemelo de Dios. Lucifer, “el portador de la luz”.<br />
	-Pero ¿qué estás diciendo? –sonrío con incredulidad-. Vamos, Aurora, tú estás hablando del diablo. Satán. El demonio. El malo de la peli, ¿recuerdas?<br />
	-Ahí es donde tu religión se equivoca. Satán es simplemente el Mal y no existe como ser individual. Digamos que es el lado oscuro que todo el mundo tiene, la inclinación a ser malvado y ruin en ocasiones. Todo el mundo, Miguel. Tú también –hizo una pausa extraña y continuó en voz muy baja-. Disparaste aquel arma tratando de convencerte de que lo hacías por ella, de que la estabas salvando de un destino peor… pero tú sabes mejor que nadie que no fue así.<br />
	-¿Pero de qué cojones estás hablando?<br />
	-Ester no te traicionó, Miguel. Se acostó con aquel tipo sólo porque debía pagar una deuda irremisible. Debiste entenderlo. Y es cierto que no estaba bien, que necesitaba medicarse constantemente y que había días en que ni siquiera podía levantarse. Se iba apagando, es verdad. No era la misma.  Pero te amaba. Eso jamás cambió. Nunca –acentuó extrañamente la palabra-. Y tú tendrías que haberlo sabido. Jamás debiste apretar el gatillo. Contra ninguno de los dos.<br />
	Habla suavemente, en un susurro,  mientras acerca a mi rostro los pozos de sus ojos y sus labios, y yo no sé si besarla o echar a correr y alejarme de ella tanto como pueda. Paralizado, siento su dedo índice acariciando mi sien y mis cejas, lo siento bajar por mis pómulos, detenerse en mis labios. Al fin puedo reaccionar y pregunto:<br />
	-¿Cómo sabes…? ¿Quién coño eres tú?<br />
	-Lucifer no es Satán, no es el Mal, no tiene nada que ver con el Diablo. Fue la única criatura que se atrevió a tratar a Dios como a un igual… porque de hecho era su igual. No nació de Dios. Ambos existían ya desde siempre y para siempre, ambos sin origen y sin final. Eternos y paralelos. La cara y la cruz de la Eternidad. Pero Dios no pudo aceptar la superioridad de Lucifer, su hermosura, su sabiduría. A Dios le falló la humildad. Y la soberbia se apoderó de él. Así que finalmente decidió librarse de Lucifer y ordenó que se le expulsara del Paraíso.<br />
Asiento con la cabeza.<br />
	-Y Lucifer fue condenado al infierno…<br />
	-No. Nada de eso. Su castigo consistió en habitar la tierra, junto al hombre, condenado a existir bajo el poder y las órdenes de Dios.<br />
	-¿Lo condenó a ser compañero del hombre? Esa sí que es buena.<br />
	Ella me dedica otra de sus impenetrables sonrisas por toda respuesta.<br />
	-Pero Lucifer también contaba con seguidores, así que alineó su propio ejército de ángeles fieles, al que llamó Legión.<br />
	-¿Demonios?<br />
	-Eso es lo que os han hecho creer siempre. Los ángeles, los demonios, los buenos, los malos…<br />
	-¿Y cuál es tu versión?<br />
	-Era simplemente una guerra, Miguel. Desde el principio de los tiempos. No había buenos o malos. Cada parte defendía su razón y sus argumentos.<br />
-Todo eso está muy bien, pero ¿qué tiene que ver conmigo? ¿Qué tiene que ver con León? Y sobre todo, ¿qué tienes que ver tú en esta historia? Y por cierto, ¿qué fue lo que apostaste con él la noche antes del accidente? Deja de darme clases de teología y empieza a hablar de hechos y a contestar a mis preguntas, maldita sea.<br />
	-Así que sabes lo de la apuesta –baja los ojos hasta sus manos blancas, entrelazadas en el regazo, y en ese momento siento que mi atracción por ella es mucho más fuerte de lo que yo pensaba-. Aposté que pasaría una noche con él si ganaba. Si saltaba y sobrevivía a la caída.<br />
Trago saliva. Cualquiera hubiese aceptado, no cabía duda. Yo mismo habría apostado mi alma.<br />
	-¿Y… si perdía? ¿Si no era capaz  de saltar?<br />
Levanta la vista para decir, con voz firme:<br />
	-Entonces yo desaparecería de su vida para siempre.<br />
Trato de imaginarme algo así. No, por favor no, eso sería imposible de soportar. Otra vez no. Ya había pagado un alto precio por lo de Ester. Otra vez no.<br />
	-Necesito que seas más concreta, que me cuentes qué es lo que está pasando. ¿Por qué una apuesta tan cruel? Aurora, por favor…<br />
	Se levanta y pasea la mirada por las lápidas, cómplices de silencio de aquella conversación de locos. Finalmente responde:<br />
	-Tuvo que ocurrir así porque León aún no recordaba quién era ni cuál era su misión. Luego las cosas cambiaron.<br />
La miro, esperando que continúe. Pero ella se pone los pequeños guantes negros y sacude la cabeza (su pelo brilla bajo los árboles y los rayos de luz y no puedo pensar. No puedo hacer otra cosa que no sea mirarla, embelesado).<br />
-Te he dicho ya demasiado. El resto tendrás que hacerlo solo –fija su mirada en mí, sus ojos infinitos, antes de continuar-. Y recuerda: las palabras, Miguel. La clave está en las palabras.<br />
	La observo caminar sendero abajo, hacia la salida, petrificado, hipnotizado por el oscilar de sus caderas suaves y la firmeza de sus preciosas piernas al andar. De pronto da un giro y se interna en otra sección del cementerio. Me decido a seguirla y corro hasta aquella esquina, llamándola por su nombre. Tal vez quiera conducirme a algún otro lugar, a alguna pista nueva. Llego al nuevo patio sin aliento, esperando ver su inconfundible y esbelta figura.<br />
	Pero allí no hay nada. Tumbas y lápidas y flores. Aurora se ha ido. Y entonces, inesperadamente, algo muy contundente me golpea en la cabeza. </p>
<p style="text-align: center">*	*</p>
<p>Me despierta un dolor agudo en los genitales. Abro los ojos ante el brutal ataque, casi sin aliento, y veo al hombre alto frente a mí. Se dispone a patearme de nuevo.<br />
	-Duele, ¿verdad que sí?<br />
El bajito y su voz inconfundible, el hijoputa aquel de metro y medio. El dolor me impide respirar, y en lugar de contestar escupo con desprecio y con el último resquicio de dignidad que aún me queda.<br />
	-chu chu chu –chasquea la lengua mientras niega con la cabeza-. Tiene usted  a Gabriel muy, muy enfadado –continúa aquel tipo con voz extraña y sigilosa, condescendiente, arrastrando las sílabas, moviéndose a mi alrededor de manera suave e inquietante como una serpiente. Pareciera que va a enseñar su lengua bífida de un momento a otro-. Anda, Gabriel, enseña a nuestro invitado lo enfadado que estás.<br />
Si la primera patada del gigante me había despertado, la segunda casi me lleva a perder el conocimiento. Grito de dolor y me acurruco como puedo, consciente por primera vez de los  grilletes que sujetan mis brazos a un aro metálico en la pared, sobre mi cabeza.<br />
	-No se moleste en intentarlo, no va usted a escaparse. No hasta que terminemos con usted… y con su amigo.<br />
¿Mi amigo? Miro hacia los lados y entonces le veo, a mi izquierda, sujeto como yo a la pared.<br />
	-No es mi amigo. No le conozco de nada.<br />
Es cierto. No sé quién es aquel tipo desaliñado y sucio, ensangrentado y semi-inconsciente.<br />
	-Claro que sí. Aunque es cierto que no se habían visto nunca cara a cara&#8230; Le ruego me disculpe. Inspector, le presento a León. León Neón, el inspector Le Tissier.<br />
	Aquel rostro me mira desde detrás de una melena sucia y enmarañada, y me parece ver un destello de inteligencia en sus ojos.<br />
	-¿Qué quieren de mí… de nosotros? ¿Por qué nos persiguen? ¿Qué es lo que hemos hecho?<br />
	-Ah, Dios mío. ¿Acaso me toma por estúpido? Sabe perfectamente por qué están aquí. Cometen ustedes el error de servir al señor equivocado. De estar en el bando equivocado. Simplemente eso. Están condenados a perder batalla tras batalla. La de esta noche será una derrota más para ustedes y un nuevo triunfo para nosotros, para el Altísimo.<br />
	-¿Qué… qué pasa esta noche?<br />
	-No va a pasar nada, señor Le Tissier. Esa es la cuestión. Impediremos, una vez más, que lleve usted a cabo lo que pretende. En cuanto al señor Neón… No vamos a darle la oportunidad de quitarse la vida, no se preocupe. Le mataremos nosotros mismos –se rió en voz baja y se dirigió al hombre alto en tono autoritario antes de dejar la habitación-. Vigílalos. No quiero problemas. La ceremonia será a las nueve de la noche. Procura que están listos.<br />
	No tengo ni idea de qué coño está pasando. Es inútil preguntar al gigantón, así que me vuelvo hacia mi compañero de desgracias.<br />
	-León… ¿puede oírme? ¿Qué quieren de nosotros? ¿Qué nos va a pasar?<br />
El guardián de dos metros se ha apostado en la puerta del habitáculo, de espaldas a nosotros. León me mira y trata de hablar, entrecortadamente.<br />
	-Esta noche… sábado santo. Es nuestra última oportunidad… hasta dentro de cien… años.<br />
	-¿De qué cojones habla? ¿Qué oportunidad?<br />
	-Liberarle. Hoy… El primer sábado de luna llena… de la primavera de 2010. El sábado santo. Es la única noche posible. La única… hasta… el 2110.<br />
	-¿Liberar a quién?<br />
	-La criatura… Quien porta la luz&#8230; y la sabiduría.<br />
	-El portador de la luz. ¿Lucifer? ¡Contéstame! ¿De qué estás hablando?<br />
Atrapado por el difícil discurso de León, no he advertido que el tipo enano ha vuelto a entrar.<br />
	-De modo que es cierto que no sabe usted nada –parecía sorprendido-. No recuerda nada, señor Le Tissier. No sabe quién es usted –de improviso, como si aquello le hiciera mucha gracia, suelta una carcajada-. Así que vamos a tener que refrescarle la memoria, ¿eh? Igual que a León –mira al pobre diablo, que parece haber perdido el conocimiento, y continúa-. Lucifer fue expulsado del Paraíso por un Arcángel de Dios, y condenado a vivir con el hombre. Pero el Arcángel fue tentado por Lucifer y cayó ante su hermosura engañosa y malvada  –sus ojos brillan de ira-. En secreto dotó al Enemigo de una llave única que podría abrirle de nuevo el Paraíso, aunque sólo en circunstancias especiales y muy escasas. En noches como la de hoy, sábado santo de un año acabado en diez, primer sábado de luna llena de la primavera, es posible para Lucifer entrar de nuevo en la Gloria y desafiar a Dios, y entablar batalla con él utilizando la Fuerza y la Palabra. El arcángel traicionó a nuestro Dios y Señor, pero éste sin embargo le perdonó en su benevolencia infinita, puesto que no había sido culpa suya sino de la malévola y tentadora Criatura.<br />
	-¿Y esa llave… existe?<br />
	-¿La llave? La llave la tiene usted encadenada a su lado, señor Le Tissier.<br />
La palabras de Aurora golpean mi mente igual que un mazo: “Verás, León es la llave. Es la clave de todo”.<br />
-¿León? ¿Una llave humana?<br />
-Los servidores de Lucifer deben escoger un humano apropiado años antes de la cita de cada siglo. Lo escogen antes de su nacimiento, antes incluso de que sea engendrado. Y se le llama, siempre e indefectiblemente, León.<br />
-¿?<br />
El tipo adopta una actitud pretendidamente académica. Prepotente, diría yo.<br />
-Veo que no sabe usted latín ni tampoco tiene idea de etimología. El origen de León no es, en este caso, “leo – leonis”, sino… “legio”. Concretamente, el acusativo “legionem”. De ahí procede “leion” que da lugar, por último, a “león”.<br />
	-¿?<br />
Pone los ojos en blanco y abre las manos, exasperado, como si no diera crédito a mi ignorancia. O a mi estupidez.<br />
	-León, ¿no lo entiende usted? tiene su raíz en la palabra Legión. El ejército Luciferino. León es siempre, siglo tras siglo, la encarnación de ese ejército. Y es la llave. Sólo él puede abrir de nuevo a Lucifer las puertas del Paraíso.<br />
“Las palabras, Miguel. La clave está en las palabras”.<br />
-¿Cómo… cómo abre León esas puertas? –temo preguntarlo. En realidad siento que conozco la respuesta.<br />
-Cediendo su vida a cambio, por supuesto. Debe hacerlo voluntariamente, haciendo uso de su libre albedrío. Es el único medio. Él o… la encarnación humana del Arcángel que proporcionó la llave a Lucifer. Son las dos únicas posibilidades  –con las manos a la espalda, comienza a pasear haciendo alarde de sus conocimientos, como si estuviera impartiendo una clase magistral-. Lucifer ha tentado a hombres durante milenios en espera de esta oportunidad, pero ninguno ha sucumbido a la tentación hasta el momento. Y si alguna vez existe peligro de que eso suceda, la Cofradía de Los Guardianes pone todos los medios a su alcance para impedirlo. Hemos sido siervos de Dios durante innumerables siglos, señor Le Tissier… los mismos que llevan ustedes sirviendo a nuestro enemigo.<br />
	-Está completamente loco. Yo no sirvo a nadie. No estoy dentro de ninguna cofradía ni de ninguna sociedad secreta, y mucho menos adoro a Dios ni al Diablo. Déjeme salir de aquí, está usted cometiendo un error que puede salirle muy caro.<br />
El hombre suspira y se encoge de hombros antes de contestar:<br />
	-Veo que se niega usted a entrar en razón. Bien, no importa que quiera o no recuperar la memoria –y con voz de serpiente continúa, sibilante y venenoso-. Esta noche morirá de todos modos. </p>
<p style="text-align: center">*  *  *</p>
<p>Nos llevan a rastras y a empujones a lo largo de un pasillo húmedo y oscuro. Nos ciega un resplandor cálido al desembocar en un gran salón circular repleto de antorchas colgadas de la pared. Colocados en círculo, unos cincuenta encapuchados entonan una especie de himno en latín y en otro idioma que me parece hebreo. En el centro, amenazadoras e imponentes, dominando la escena, tres ingentes cruces de madera yacen sobre el suelo.<br />
	-Comencemos por Legión –reconozco la voz y la estatura inconfundibles del que habla-. Traedle.<br />
Dos encapuchados que custodian a León le empujan hacia la cruz de la izquierda y le obligan a tenderse sobre ella.<br />
	-El otro.<br />
Actúan del mismo modo conmigo y me conducen a la de la derecha, y me pregunto quién ocupará la cruz central. La curiosidad domina al miedo en este instante, y entonces la veo.<br />
	-¡Aurora!<br />
La han golpeado, y le sangran los labios. Despeinada, más demacrada y sin embargo más hermosa que nunca. La arrastran hacia la cruz central y colocan una corona de espinas sobre su cabeza.<br />
	-In nomine Dei nostri…<br />
Los encapuchados entonan a coro frases en latín cuyo significado yo sólo puedo tratar de adivinar. Varios de ellos se acercan a nosotros con enormes clavos y mazas, con la intención evidente de crucificarnos. Esto es de locos. Trato de pensar algo, pero los cánticos, el olor a incienso, la visión de los penitentes y, finalmente, el terror, el terror puro, bloquean mi cerebro. De repente, ante la sorpresa de todos, León lanza un grito que rasga el aire de la sala con una energía que parece imposible, dado su estado:<br />
	-¡In nomine Dei Nostri Luciferi!<br />
El horror se apodera de los encapuchados, que se apresuran a santiguarse. Uno de ellos, que sostiene uno de los clavos, se lanza sobre León y se lo hunde en el pecho. Un alarido estremecedor nos paraliza a todos hasta que se finalmente se apaga agonizante. Tras unos segundos de silencio los extraños personajes comienzan a murmurar rezos y a moverse con inquietud.<br />
	-Hermanos, mantengamos la calma. La ceremonia debe continuar. Traed el agua bendita.<br />
	Uno de ellos acerca un cuenco con un hisopo, y nos va salpicando con agua. A mí. A Aurora. Al cadáver de León, pobre diablo. Ahora está claro, estamos en manos de unos dementes peligrosos, de una especie de secta anti-satánica y extrema que es capaz de cualquier cosa. Tengo que salir de allí. Y tengo que llevarme a Aurora, tengo que hacerlo, se lo debo a Ester… me lo debo a mí mismo.<br />
	-Miguel…<br />
La miro. Deseo beber de aquellos pozos negros, beber de aquellos labios sangrantes. La quiero más que nunca en ese instante.<br />
	-¡Matadlo a él primero! ¡Rápido, es su única oportunidad! ¡Acabad con él!<br />
	-¿Qué serías capaz de hacer por mí, Miguel?<br />
Matar. Morir. Vender mi alma al diablo. Cualquier cosa por ella, por beber de ella…<br />
	-¡Matadlo! ¡Ahora!<br />
Una décima de segundo. Un encapuchado sosteniendo uno de aquellos clavos se abalanza hacia mí. No veo nada más, únicamente siento que me empujan y que caigo de espaldas al suelo, duro y frío como un diamante. Inmediatamente, un peso muerto se desploma en mi regazo. Aurora.<br />
	-¡Aurora! ¡No! ¡Hijos de puta! ¿Qué le habéis hecho?<br />
Las figuras, silenciosas e inmóviles, contemplan la escena. Aquella voz irritante, más irritante que nunca, vuelve a hablar.<br />
	-No hemos hecho nada, señor Le Tissier. Ella se ha puesto en nuestro camino. Le ha salvado a usted la vida, y lo ha hecho por voluntad propia –se encoge de hombros-. Hermanos, alabado sea Nuestro Señor. Hemos vencido en la crucial batalla de este siglo. Hemos respondido a lo que se esperaba de nosotros, hemos cumplido con dignidad nuestra función protectora. Bendito seas, Señor. Guárdanos de todo mal. Amén…<br />
Dejo de escuchar. No sé cuándo ni cómo se han ido. No sé cuánto tiempo he pasado aquí, embotado, con Aurora entre los brazos. Cuando al fin me levanto con el cuerpo entumecido y salgo al exterior es de día. Me marcho a casa a pie. Necesito un respiro, aire fresco, una ducha. No voy a poder comer, aún tengo el estómago revuelto, pero las pastillas y un par de copas siempre son una buena idea.  Y dormir. Dormir todo el domingo. Mañana es lunes. Otro día, otra semana. Mañana pensaré qué hacer. Respuestas. Necesito respuestas. “Las palabras, Miguel. La clave está en las palabras”. Sé perfectamente dónde tengo que ir.</p>
<p style="text-align: center">*  *  *</p>
<p>La Biblioteca está casi vacía, afortunadamente. Decido comenzar por internet antes de consultar los volúmenes. Ocupo un ordenador que está libre en este momento y comienzo mi investigación.<br />
Lucifer. Tengo que empezar por ahí. Es la palabra clave y necesito la información más elemental al respecto. La Wikipedia siempre es un buen punto de partida:<br />
Lucifer (del latín lux [‘luz’] y fero [‘llevar’]: portador de luz) es, en la mitología romana, el  equivalente griego de Fósforo (Έωσφόρος)…<br />
No puedo creer lo que viene a continuación. La frase me estremece como una descarga eléctrica.<br />
… ‘el portador de la Aurora’.<br />
No puede ser. Continúo leyendo sobre la figura de Lucifer, sobre la leyenda del Ángel Caído, sobre su expulsión del Paraíso. Y recuerdo retazos de mi conversación con Aurora:<br />
“Su castigo consistió en habitar la tierra, junto al hombre, condenado a existir bajo el poder y las órdenes de Dios”.<br />
Descubro que a Lucifer se le llama también “el lucero caído del cielo, la estrella desprendida del firmamento”, y que su belleza no tiene parangón. Aurora…<br />
Llevado de un instintivo impulso, de una sospecha terrible, vuelvo al buscador y realizo una nueva consulta:<br />
“Ester. Etimología”.<br />
Ester, nombre femenino de raíz Stara (Persa), deriva de &#8220;Istar&#8221; . Ester significa &#8220;astro, estrella&#8221; o &#8220;Aquella que brilla como una estrella&#8221;<br />
Ester… Aurora… Eras tú, siempre tú. Con distinto rostro, con otra voz. Pero era siempre tu esencia. Tu aroma inconfundible. Ester…<br />
Continúo mi investigación de modo frenético, ávido de conocer todas las respuestas, de llegar hasta el final. León es el elegido de Legión, el ejército de Lucifer, la llave. Intentó suicidarse y ahora entiendo por qué. Debía procurarle la entrada a ella. Ella. Al fin sé quién es. No puedo evitar sonreír ante mi propio simplismo. Siempre había pensado en Lucifer como masculino.<br />
Pero me queda la principal de las incógnitas: ¿y yo? ¿Qué papel juego yo en toda esta historia? Así que continúo buscando, leyendo, investigando los entresijos más ocultos y desconocidos de las leyendas luciferinas. Hasta que descubro un aspecto desconocido de la historia:<br />
	“Hay quienes defienden que el mismo Arcángel que expulsó a Lucifer del Paraíso se rindió a sus encantos, y algunas leyendas cuentan que el Arcángel y el propio Lucifer se juraron en secreto amor eterno, a espaldas del propio Dios. Un amor imposible que desemboca siempre en sacrificio por parte de Lucifer, en aras del bien de su amado”…<br />
	Amor eterno. Eso no existe. O al menos eso creía yo hasta que apareció Ester, Aurora… Ella. Una historia de amor eterno y secreto entre el propio Lucifer y un Arcángel. ¿Quién coño era el Arcángel? Su nombre. Necesito confirmar lo que mi instinto me grita a voces, tan fuerte que me parece que el resto de los usuarios de la biblioteca pueden oír lo que ocurre en mi mente.<br />
	“Google &#8211; Arcángel expulsión Lucifer – Buscar”<br />
“&#8230; y fue expulsado del cielo por el ejército del Arcángel Miguel”…</p>
<p style="text-align: center"> *  *  *</p>
<p>	-Señor… Perdone usted, señor. ¿Va a quedarse mucho tiempo? Cerramos en media hora.<br />
	El hombre viste un mono azul, probablemente es uno de los trabajadores que se ocupan de la jardinería del cementerio.<br />
	-No, no se preocupe. Es sólo una visita rápida.<br />
	Me dirijo con decisión al patio del S. XIX. Sé perfectamente adónde voy y qué busco. Al fin llego al banco en el que Aurora y yo nos sentamos a conversar. Justo enfrente, la lápida que vi la otra vez. Una lápida sin nombre que me había llamado la atención precisamente por eso. Por no tener palabras sobre ella y por no contar con ningún adorno, ninguna estatua, ningún detalle ornamental. Aquí está. Doy un par de pasos rodeándola.<br />
	Estoy seguro, completamente seguro de que aquel día esta figura no estaba aquí: un ángel que parece escondido tras la lápida, acurrucado, las manos sujetando su barbilla y la expresión imposible de definir. El pelo largo y rizado, que inmediatamente yo imagino negro, y facciones que me son turbadoramente familiares. Es una figura esculpida en la piedra y tiene toda ella el mismo tono gris, pero para mí es muy fácil pintar sus colores en mi mente. No necesito cerrar los ojos para ver rojo pasión en sus labios, y en sus ojos dos pozos negros y profundos en los que quisiera ahogarme sin remedio.  </p>
<p style="text-align: center"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/04/estatua.jpg"><img src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/04/estatua.jpg" alt="" width="319" height="417" class="aligncenter size-full wp-image-6154" /></a></p>
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		<title>Tras los pasos de León: Viernes</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Apr 2010 05:30:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fko</dc:creator>
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</div>
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<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/03/Tras-los-pasos-de-Leon_1.gif"><img src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/03/Tras-los-pasos-de-Leon_1.gif" alt="Tras los pasos de Leon 1" title="Tras los pasos de Leon 1, por Fko" width="540" height="764" class="alignnone size-full wp-image-6090" /></a></p>
<p><span id="more-6054"></span></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/03/Tras-los-pasos-de-Leon_2.gif"><img src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/03/Tras-los-pasos-de-Leon_2.gif" alt="Tras los pasos de Leon 2" title="Tras los pasos de Leon 2, por Fko" width="540" height="764" class="alignnone size-full wp-image-6090" /></a></p>
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<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/03/Tras-los-pasos-de-Leon_4.jpg"><img src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/03/Tras-los-pasos-de-Leon_4.jpg" alt="Tras los pasos de Leon 4" title="Tras los pasos de Leon 4, por Fko" width="540" height="764" class="alignnone size-full wp-image-6090" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/03/Tras-los-pasos-de-Leon_5.jpg"><img src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/03/Tras-los-pasos-de-Leon_5.jpg" alt="Tras los pasos de Leon 5" title="Tras los pasos de Leon 5, por Fko" width="540" height="764" class="alignnone size-full wp-image-6090" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/03/Tras-los-pasos-de-Leon_6.jpg"><img src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2010/03/Tras-los-pasos-de-Leon_6.jpg" alt="Tras los pasos de Leon 6" title="Tras los pasos de Leon 6, por Fko" width="540" height="764" class="alignnone size-full wp-image-6090" /></a></p>
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		<title>Tras los pasos de León: jueves</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Apr 2010 07:00:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>josemalo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Horas después, León espera el trapecio en la plataforma. Con las manos empolvadas de blanco y la mirada en un lugar que no pertenece a este mundo, permanece ajeno al sonido de su nombre en el viejo altavoz, que crepita un ruido de fritanga mientras anuncia el doble salto sin red, el momento cumbre de [...]]]></description>
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<p>Horas después, León espera el trapecio en la plataforma. Con las manos empolvadas de blanco y la mirada en un lugar que no pertenece a este mundo, permanece ajeno al sonido de su nombre en el viejo altavoz, que crepita un ruido de fritanga mientras anuncia el doble salto sin red, el momento cumbre de la función.<br />
<span id="more-6067"></span><br />
Ve llegar el trapecio y lo agarra con una mano, ahora con las dos. Sin avisarle, su cuerpo da un salto. Ahora se balancea partiendo en dos la espesura del aire encerrado en la carpa. Se eleva en el otro extremo, utiliza su peso para ganar impulso y con un movimiento elástico repetido con hastío durante años empieza a describir el trayecto de vuelta. El otro trapecio se cruza con él a mitad de camino. Bajo sus ojos pendulea a un lado y otro una multitud expectante. Vuelve a tomar impulso y emprende una nueva ida. Se aproxima de nuevo el otro trapecio. Medio segundo antes de cruzarse con él, contrae el abdomen y, en un rápido movimiento, empieza a girar en el aire formando un ovillo con el cuerpo. El circo entero empieza a dar la vuelta a su alrededor. En realidad no sabía nada de aquella Aurora de ojos verdes, y sin embargo hoy parecía ser el centro de su vida. El rostro de Aurora se confunde con el ojo de la carpa, que por un momento le deja ver un recorte de cielo, ya totalmente negro. Como si fuera una instantánea, queda fijada en su mente la imagen de tres estrellas, que aun permanecen cuando el recorte negro da paso a la lona, los mástiles, las primeras cabezas. A qué distancia quedarán esas estrellas, que ahora también giran a su alrededor, como el resto del circo, del planeta. Todo el cosmos girando alrededor del recuerdo inconcluso de Aurora, del que apenas quedaba el recipiente. Cabeza abajo aparece el público, el domador, los clowns, el enano rojo que le habló de cierta apuesta con Aurora que él no recuerda, el suelo de la pista, otra vez el público. Su cuerpo encogido empieza a describir la segunda vuelta cuando siente expandirse en su mente la angustia borrosa de la noche anterior, el asfixiante rescoldo del vacío envuelto en aquella belleza brutal y maldita. Imágenes torpes se le agolpan precipitadas. De qué habló con Aurora durante dos horas, por qué el enano rojo pareció querer advertirle algo sobre ella, y, sobre todo, cómo pudo Aurora resucitarle una sensación idéntica a su primer salto al vacío, aquella combinación perfecta de atracción desatada y pavor absoluto que le hizo sentir vivo como nunca y ya no recordaba a fuerza de gastarla. Regresa el ojo en la carpa donde las tres estrellas le recuerdan su desconcierto desde un negro infinito, que, tal vez como él, se dirige inexorable hacia su propia aurora. De nuevo la lona, los mástiles, las primeras cabezas. Sincronizado a la perfección, ya planea sobre su cuerpo el trapecio que viene a rescatarle tras el salto. El público, el suelo de la pista, otra vez el público. Y no sabe por qué, pero cada instante que pasa le aproxima más y más a esa misteriosa mujer, de la que no conoce más que su nombre y no recuerda más que su rostro, del mismo modo que no sabe por qué, una centésima de segundo después, sus manos decidirán soltar el trapecio.</p>
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		<title>Tras los pasos de León: Miércoles</title>
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		<pubDate>Wed, 31 Mar 2010 09:34:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Koldo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los penitentes salen a la carrera detrás de León, sin embargo nuestro protagonista alto, moreno y esmirriado no tiene mayores problemas en dejar atrás a los del cucurucho color lila, que al grito de ¡ya te cogeremos! y ¡nos las pagarás! desisten y abandonan la persecución. Los rayos de sol caen con fuerza durante las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
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<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2009/03/semana-de-penitencia.gif"><img class="size-full wp-image-3092 aligncenter" title="Semana de penitencia" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2009/03/semana-de-penitencia.gif" alt="Semana de penitencia" width="186" height="182" /></a></p>
<p>Los penitentes salen a la carrera detrás de León, sin embargo nuestro protagonista alto, moreno y esmirriado no tiene mayores problemas en dejar atrás a los del cucurucho color lila, que al grito de ¡ya te cogeremos! y ¡nos las pagarás! desisten y abandonan la persecución.</p>
<p>Los rayos de sol caen con fuerza durante las horas matutinas y las sombras de otros penitentes ataviados con sus capirotes, repartidos a lo largo y ancho de la ciudad, se alargan por las aceras. El intenso dolor de cabeza que sufre León no le deja mucho margen para pensar. Deambula por la urbe mirando a izquierda y derecha, tratando de recordar o en su defecto ver algo que le aclare qué diablos fue lo que sucedió la noche anterior.<br />
<span id="more-6114"></span><br />
De pronto, se detiene junto a la fachada de un viejo edificio que está casi en ruinas. Por sus ventanas rotas se escapa el ruido procedente de un concierto de punkrock que tiene lugar en el inmueble abandonado. Sin embargo, no es esto lo que centra la atención de León. Junto a la puerta del edificio declarado en ruinas por el ayuntamiento, hay fijado un cartel de color rojizo y con letras estrambóticas en el cuál se anuncia para hoy la última función del Gran Circo Palabras y Malabares para las 18:00 horas de esta tarde. En el mismo puede leerse que el espectáculo circense finalizará con una novedosa y arriesgada actuación del novel e intrépido trapecista León Neón.</p>
<p>Pies en polvorosa, nuestro protagonista decide acudir al recinto circense, ubicado en un descampado de la ciudad. León camina con rumbo fijo, algo en su cabeza le dice que debe visitar ese lugar. A una distancia prudencial y semioculto entre unos pequeños setos, León observa la gran carpa del espectáculo rodeada por un enorme vallado. Dentro del perímetro se encuentran varias fieras encerradas en sus respectivas jaulas y un enano rojo, calvo y con orejas puntiagudas, que hace las funciones de domador y vigilante.</p>
<p>Tras varios minutos oteando el horizonte, decide aproximarse hacia la gran carpa del circo. Tan sólo le separan unos veinticinco metros del vallado cuando oye una voz que grita en tono arisco su nombre ¡León! ¿Pero dónde te habías metido? ¡Quedan menos de cuatro horas para que comience la función y no has dado señales de vida! ¡Estábamos a punto de llamar a la policía! El encargado de pronunciar la retahíla de frases no podía ser otro más que el enano rojo y gruñón.</p>
<p>León no sale de su asombro. Es como si padeciera amnesia temporal. No recuerda nada. Ni quién es ni mucho menos dónde trabaja. Es tal la incertidumbre que invade a León que decide entablar conversación con el de tamaño pequeño. Pero… ¿nos conocemos? ¿Acaso tengo algo que ver yo con el circo? –pregunta León-.</p>
<p>El enano se queda pasmado ante las preguntas formuladas por León. ¡No me jodas, León!, ¿me tomas el pelo? ¿no te habrás drogado? -pregunta el enano-. Llevas trabajando cinco años aquí y eres el mejor trapecista de nuestra compañía pero…por desgracia hoy es nuestra última función. El circo no atraviesa un buen momento y  los propietarios han decidido dar por concluido el espectáculo. </p>
<p>León se queda atónito, no sabe qué responder. Hace un esfuerzo titánico para tratar de recordar algo pero todo es en vano hasta que… ¡de pronto tiene un flashback! Le vienen a la memoria vagos recuerdos sobre su ensayadísimo ejercicio: balanceos en un columpio, impulsos, saltos y una gran red debajo, casi besando el suelo, que por suerte nunca ha llegado a tocar…pero al mismo tiempo sus neurotransmisores reciben otro tipo de señales provenientes de la noche anterior: grandes dosis de alcohol, capirotes y besos.</p>
<p>León le comenta al diminuto hombrecillo que recuerda estar en una discoteca charlando con una mujer alta, morena y con ojos de color verde. Ya sabía yo que esa tal Aurora… ¡no era de fiar! –proclama el enano-. ¿Se puede saber quién esa tal Aurora?, pregunta el protagonista de la Penitencia Week. ¡Venga ya, León!, exclama el pequeño hombrecillo. La taxidermista y devota de la Semana Santa –penitente de la Cofradía del Puño- con la que estuviste hablando casi dos horas para ligártela y con la que apostaste…</p>
<p>¿Apostar?, pregunta León. La conversación se interrumpe. Alguien reclama a gritos al enano desde dentro de la carpa que tiene un agujero en su parte más alta. El diminuto hombrecillo se enfunda un casco negro y se mete en un cañón bala del que sale disparado. Entre tanto, León trata de recordar algo de lo sucedido la noche anterior.</p>
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		<title>Tras los pasos de León: Martes</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Mar 2010 05:00:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Quini</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
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		<category><![CDATA[Semana Santa]]></category>

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		<description><![CDATA[León, pleno de vida, corre con toda la fuerza de su poderosa musculatura por la sabana. Delante de él, a cada vez menos metros, una cría de gacela trata de escapar de su vigoroso ímpetu. Familiares de la presa se cruzan en su camino tratando de distraer su atención, pero de nada sirve. Por mucha [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
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<p style="text-align: center"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2009/03/semana-de-penitencia.gif"><img class="size-full wp-image-3092 aligncenter" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2009/03/semana-de-penitencia.gif" alt="Semana de penitencia" width="186" height="182" /></a></p>
<p>León, pleno de vida, corre con toda la fuerza de su poderosa musculatura por la sabana. Delante de él, a cada vez menos metros, una cría de gacela trata de escapar de su vigoroso ímpetu. Familiares de la presa se cruzan en su camino tratando de distraer su atención, pero de nada sirve. Por mucha carne que puedan proporcionarle, León no arriesgará el sustento de su familia seleccionando un objetivo capaz de dejarle atrás. De pronto, cuando está a punto de dar el salto que ponga fin a la cacería, un sonido insistente se cuela en su cerebro: <em>Pii &#8211; Pii &#8211; Pii</em>. Sin prestarle atención, León deposita todo su peso sobre sus cuartos traseros e inicia un rugido gutural con el que trata de enmudecer el extraño pitido, que resuena cada vez con más fuerza. Ya en el aire, y con las garras a escasos centímetros del costado de su joven víctima, sus ojos se abren.</p>
<p><span id="more-6000"></span></p>
<p>La intensa luminosidad de un tubo fluorescente le hace cerrar los párpados casi de inmediato. Tras esperar unos segundos realiza un segundo intento, esta vez abriendo tan sólo una pequeña rendija, que le permite comprobar que se encuentra tumbado sobre una estrecha cama en un pequeño habitáculo rectangular de paredes oscuras. Por fin, logra abrir por completo los ojos y descubre a su derecha la causa del molesto zumbido: un reloj-despertador digital sobre una pequeña mesita. <em>¿Dónde estoy? ¿De dónde ha salido este terrible dolor de cabeza? ¿Y por qué suena esa alarma a las siete de la mañana?</em></p>
<p>Sin profundizar en nuevas reflexiones, León intenta estirar el brazo hacia ese pequeño emisor de ruido, y entonces se da cuenta: sus muñecas se encuentran esposadas al cabecero de la cama. Cada vez más nervioso trata de hacer memoria de los últimos acontecimientos. <em>¿Perdí dinero en la partida de póker? ¿La paciencia del prestamista ha llegado a su fin? ¿Nos descubrió el marido de ella?</em> Pero no, nada de eso le suena. Poco a poco comienza a evocar imágenes de la noche anterior: un incendio, gente persiguiéndole, gritos e insultos&#8230; todo está muy borroso, y la creciente cefalea no le ayuda a recordar. De repente León cree percibir un nuevo sonido, este muy lejano, más allá de la metálica puerta ubicada a poco más de un metro de sus pies. Concentrándose en aislar de su mente el incesante pitido, llega a la conclusión de que se trata de pasos. <em>Al menos dos personas</em>.</p>
<p>Asustado, encoge los pies y pega su espalda al cabecero todo lo que sus ataduras le permiten, mientras escucha cómo una llave desbloquea los numerosos cierres de la puerta de su celda. Finalmente, muy despacio, dos figuras encapuchadas entran en la habitación. <em>¿¡Penitentes!?</em></p>
<p>- ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí? &#8211; logra balbucear con un hilo de voz.</p>
<p>Ambas figuras se ubican cada una en un lateral de la cama &#8211; la habitación no da espacio para mucho más -. Una es muy alta, casi tanto como León, mientras que la otra, rechoncha, apenas parece superar el metro y medio. Es precisamente ésta última la que, tras apagar el despertador, se dirige a él con un agudo tono de voz.</p>
<p>- Hermano, ¿Dios es bueno? &#8211; le pregunta con solemnidad.</p>
<p>León no ha ido a misa desde su primera comunión, pero tiene muy claro que si su vida depende de contentar a un religioso, está dispuesto a reconocer la grandeza de hasta el último ángel del cielo.</p>
<p>- Muy bueno &#8211; entona con toda la sumisión que es capaz de fingir.<br />
- ¿Y son buenos aquellos que le adoran?<br />
- Buenísimos.<br />
- ¿Y cómo calificarías entonces a quienes entorpecen el camino de la oración y la devoción?</p>
<p>León intuye que aquello no va por buen camino, pero no tiene elección.</p>
<p>- Malos.<br />
- ¡Claro que sí! &#8211; exclama complacido su pequeño interlocutor -. Y dime hermano&#8230; ¿qué castigo crees que merecería un sucio hereje responsable del incendio de todo el paso de Semana Santa de nuestra cofradía? &#8211; inquiere en un tono engañosamente suave.</p>
<p>León sigue sin recordar con precisión, pero sabe atar cabos.</p>
<p>- Escuche amigo, si le he causado algún daño a su paso le aseguro que ha sido sin intención, y estoy dispuesto a correr con los gastos&#8230;<br />
- ¿Correr con los gastos? &#8211; pregunta el penitente enojado -. ¿Eres capaz de reparar con dinero el alma de todos los fieles que contemplaron anoche arder a su Dios? ¿Puede tu mente siquiera imaginar una cantidad con la que enmendar semejante daño?<br />
- Dios es clemente&#8230; &#8211; intenta León a la desesperada.<br />
- Sí que lo es, y por eso lo más piadoso es poner fin al sufrimiento de tu atormentada alma &#8211; concluye el pigmeo colocándose detrás de la cama.</p>
<p>Ante la clara sentencia, el mudo mete la mano dentro de sus vestiduras buscando algo. León lo mira con ojos desorbitados, sabedor de la proximidad de su fin: <em>no sin luchar</em>. Con movimientos frenéticos comienza a tirar de las esposas con todas sus fuerzas. Los puños de su camisa se tornan escarlata. Intenta patear a su enemigo, pero éste se sitúa detrás de él empuñando una porra que comienza a levantar muy despacio.</p>
<p>- ¿Crees que puedes destruir el metal, demonio? &#8211; pregunta alegremente el pequeño.<br />
- El metal no&#8230; &#8211; apenas susurra León.</p>
<p>El primer golpe impacta contra su cabeza con violencia. Su visión se torna rojiza y la melena se le pega a la cara, pero el porrazo, lejos de aturdirle, convierte su miedo en furia desmedida. Con un rugido desafiante más propio de un animal acorralado que de un ser humano, León tensa al máximo sus músculos y tira con todas sus fuerzas. El cabecero de madera se desintegra ante su embate. Sus enemigos quedan paralizados. León aprovecha su desconcierto: con un poderoso salto deja atrás el infierno y atraviesa la puerta a la carrera.</p>
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		<title>Tras los pasos de León: Lunes</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Mar 2010 06:24:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Kike</dc:creator>
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<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/relatos/" title="Relatos"><img src="/wp-content/images/icons/topic_relatos.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Relatos" /></a>
</div>
<p><a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/es/"><img style="border-width: 0;" src="http://i.creativecommons.org/l/by-nc-sa/3.0/es/88x31.png" alt="Creative Commons License" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2009/03/semana-de-penitencia.gif"><img class="size-full wp-image-3092 aligncenter" title="Semana de penitencia" src="http://blog.franlopez.es/wp-content/uploads/2009/03/semana-de-penitencia.gif" alt="Semana de penitencia" width="186" height="182" /></a></p>
<p align="justify">León, el lunes por la noche, se topa de frente con la Semana Santa. La virgen va en lo alto, a hombros, un suponer, de ocultos porteadores. Su ligero bamboleo se asemeja a un baile, ligero, sutil, a un “tantaneo”, como le llamaría León, que contempla con mirada analítica la escena. Por detrás una ristra de velas, tocados, incienso y nazarenos abarrotan la calle y hacen que León tuerza el gesto y ruja en tono bajo mientras se atusa la melena.</p>
<p><span id="more-6048"></span></p>
<p align="justify">Su partida de póker empieza en media hora, y no puede faltar. Debe estar y debe ganar, la historia de siempre, pedir dinero a la persona equivocada nunca es una buena idea. Y también está ella, cómo no. Ella, que no sabe casi nada, o eso parece. Ella, tumbada de lado en la vieja cama, sonriendo con todo su cuerpo. Sí, se dice él, es la hora de las soluciones. Hay que ir cosiendo hilos.</p>
<p align="justify">León tiene un plan, pero las calles están colapsadas. El paso se detiene, la virgen baja, toma aire y, entre el silencio general, vuelve a subir. Los aplausos son como una señal para León, que empieza a cruzar la calle apretujado, pero firme. Al llegar a la mitad tropieza con un enorme cirio de fuego y cae al suelo y el golpe hace que un hilillo de sangre corra por su frente. Las luces, las trompetas, las velas, todo da vueltas en su cabeza. Una mano que sale de una túnica morada le levanta de golpe, y una cara grasienta y flácida le dice cosas que León no escucha. Su aliento es apestoso. León, sin saber porqué, se siente en peligro, y escapa a empujones, trastabillado, con la melena manchada y la mirada encendida.</p>
<p align="justify">Mientras, detrás, un nazareno arde.</p>
<p>Esta obra está bajo una <a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/es/">licencia de Creative Commons</a>.</p>
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		<title>El ángel oscuro</title>
		<link>http://blog.franlopez.es/2010/02/04/el-angel-oscuro/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=el-angel-oscuro</link>
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		<pubDate>Thu, 04 Feb 2010 11:33:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luisa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Palabras]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>
		<category><![CDATA[terror]]></category>

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		<description><![CDATA[-¡Mmmm! ¡Aire puro! Cariño, esto va a ser estupendo. Oscar dijo aquello mientras abría una doble ventana de par en par, el valle desperezándose de su siesta en el regazo de la Sierra. Naranjos y frutales y aquella riqueza de texturas y tonos, comparada con la gama de grises y pardos que conformaban las vistas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="mti_div">
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/" title="Palabras"><img src="/wp-content/images/icons/topic_palabras.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Palabras" /></a>
<a href="http://blog.franlopez.es/category/palabras/relatos/" title="Relatos"><img src="/wp-content/images/icons/topic_relatos.gif" class="mti_icon" width="50" height="50" alt="Relatos" /></a>
</div>
<p>-¡Mmmm! ¡Aire puro! Cariño, esto va a ser estupendo.<br />
Oscar dijo aquello mientras abría una doble ventana de par en par, el valle desperezándose de su siesta en el regazo de la Sierra. Naranjos y frutales y aquella riqueza de texturas y tonos, comparada con la gama de grises y pardos que conformaban las vistas de su antiguo piso en la ciudad.<br />
-Eso espero –contestó ella al entrar en la habitación, cargada con varias cajas-. Luego dicen que el saber no ocupa lugar. A ver dónde metemos ahora tanto libro.<br />
-Pero si esta casa tiene mucho más espacio, Irene. Por eso nos mudamos, entre otras cosas.<br />
-“Otras cosas” incluyen que a ti te dio la neura campestre. Ojalá no tengamos que arrepentirnos –hablaba sin mirarlo, mientras dejaba las cajas en el suelo.<br />
-Bueno, ya vamos a empezar.<br />
-Es que es un cambio muy drástico, y me da un poco de miedo que esto no funcione…<br />
Oscar se acercó a ella y le cogió las manos con dulzura.<br />
-Ya hemos hablado de eso. No podías aguantarlo más.<br />
-Eso es cierto –concedió Irene-. Estaba empezando a odiar a la gente, a los desconocidos que me cruzaba por la calle. Es horrible subir al autobús en pleno agosto entre una masa de carne apretada y sudorosa, me daba asco hasta cogerme a la barandilla. Últimamente me estaba volviendo… ¿cómo se dice? ¿misógina? No, eso es odio hacia las mujeres. Ah, misántropa –aún recordaba algo de griego, de sus años de instituto.<br />
-No me digas que eso no son neuras, Irene.<br />
-Vale.<br />
-Pero al menos eres capaz de reconocerlo, y analizarlo, y buscar un remedio. ¿O no?<br />
Ella suspiró, resignada.<br />
<span id="more-5558"></span><br />
-En fin, ya está hecho, así que supongo que es una tontería seguir discutiendo. Venga, échame una mano.<br />
-Además es una suerte que la dueña nos la haya vendido con muebles, ¿no te parece?<br />
-Eso es cierto –contestó ella-. ¿Te costó mucho convencerla? Este dormitorio, por ejemplo, me encanta –paseó la mirada por la habitación, la cama con cabecero de madera y forja, dos mesitas de noche color miel, un sinfonier de varios cajones en el mismo tono. Sobre el sinfonier un cuadro, un ángel negro y extraño, los rasgos del rostro indefinidos y las alas abiertas, como a punto de abalanzarse sobre una víctima-. El cuadro es lo único que no… No sé, me produce una sensación extraña.<br />
-Vamos, que te da yu-yu.<br />
-Lo cambiaremos. Pondré un paisaje, o una foto, o algo. Aunque nos quedemos los muebles, podemos darle a la casa un estilo propio. Creo que también cambiaré las cortinas. Los pequeños detalles son los que hacen hogar.<br />
-Pareces un anuncio –se rió él-. Me haces gracia cuando hablas así, sentando cátedra.<br />
-Estos cajones me van a venir muy bien –Irene abrió un par de ellos-. Son bastante amplios, aquí se puede guardar… oye, ¿qué es esto?<br />
Oscar la vio sacar del fondo del cajón un cofre de mediano tamaño, tallado en madera oscura.<br />
-¡Anda! ¡Mira que si es el plano de un tesoro! –bromeó él.<br />
-Pues es precioso. Podría usarlo como joyero.<br />
-Suponiendo que esté vacío.<br />
Irene pulsó un pequeño botón y la cerradura se abrió con un clic.<br />
-No creo que haya nada dentro. Ni siquiera está cerrado con llave.<br />
El interior estaba forrado de terciopelo, y dejaba ver un librito con cubiertas de piel y un trozo de tela en raso negro que envolvía algo imposible de adivinar. Negros también el terciopelo y el libro, al principio les costó un poco distinguir de qué se trataba exactamente.<br />
-¡Pues no es un plano, es el mismísimo tesoro! Qué suerte, ¿no? –Oscar parecía muy divertido.<br />
-No te burles –ella le dio un codazo-. Sientes tanta curiosidad como yo.<br />
-Pues venga, ábrelo ya. A lo mejor resulta que hay un montón de joyas.<br />
-Vale, pero vamos a sentarnos en la cama, no se me vaya a caer.</p>
<p>Irene sacó el libro con cuidado y lo hojeó. Era una especie de diario manuscrito. Páginas escritas a pluma en tinta azul claro.<br />
-Parece algo íntimo. No sé, Oscar, me sabe mal leerlo, es privado…<br />
-Seguramente es algún diario adolescente. Tiene toda la pinta.<br />
-Qué curioso. Hay dos tipos de letra. ¿Ves? Hacia la mitad.<br />
-Bueno, ya lo estudiaremos más adelante. ¿Y el paquete?</p>
<p>Irene sacó el envoltorio y deslizó con cuidado el raso negro, descubriendo una pieza de encaje blanquísimo que a su vez cubría algo más. El contraste del blanco sobre el  negro, la combinación de texturas, el terciopelo y el misterio que encerraba aquel cofre, todo le pareció exquisitamente erótico y muy femenino. Le parecía estar desnudando a una muchacha de cristal en miniatura.<br />
-Tiene que ser valioso, aunque sea sólo valor sentimental, o no se habrían tomado tantas molestias ¿no crees? –comentó mientras sus dedos abrían el encaje-. Tiene también piezas elásticas… hey, ¿es lo que parece?<br />
-Mm, esto promete.<br />
-Está como atado, no puedo soltarlo… ahora. ¿Qué es lo que hay dentr… ¡Dios!</p>
<p>Un gesto reflejo, involuntario, envió al suelo el cofre y todo su contenido. No podían apartar los ojos de la prenda de encaje y especialmente de lo que había estado guardando hasta entonces.<br />
-¿Esto es alguna broma pesada? ¿Has sido tú?<br />
-¿Estás loca? Ni por asomo. ¿Crees que pertenecía a los dueños anteriores? La dueña parecía muy normal, muy educada.<br />
-¿Y el libro? –recordó ella de pronto-. Debe tener alguna relación.<br />
-Estaban las dos cosas en el cofre, ¿no?</p>
<p>Oscar recogió el diario evitando tocar el resto de los objetos. El sol entraba a raudales por la ventana abierta, pero a pesar de eso Irene sintió escalofríos. Le pareció que el ángel negro sonreía.</p>
<p>Es maravillosa, maravillosa, maravillosa… Cada día me sorprende con un gesto, con un pensamiento, con una habilidad nueva. No se puede decir que sea perfecta: no tiene medidas espectaculares ni rasgos exactos, pero en esa imperfección suya radica su perfección, lo que la convierte en única y distinta de cualquier otra mujer. Nunca me han atraído las chicas que parecen muñecas de porcelana, demasiado sosas, y demasiado parecidas todas ellas. Clara es diferente e inimitable. Oh Clara, Clara…</p>
<p>-¿Qué te decía yo? –Oscar interrumpió su lectura en voz alta del texto-. Un diario adolescente. Un enamorado hasta la médula de su chica que le parece única y especial, como a todos. Lo de siempre. Cursi y muy poco original. No creo que aquí encontremos la explicación.<br />
-¿Todos los matemáticos sois así? –no era la primera vez que Irene acusaba a Oscar de ser demasiado frío, demasiado racional, y muy poco dado a hablar de sus sentimientos o de los sentimientos de otros-. Vale, parece un diario. Pero fíjate, no hay fechas. Cada fragmento del texto se separa del siguiente por una línea horizontal, nada más.<br />
Era cierto. Sin fecha, sin ningún dato que permitiera adivinar cuándo fue escrito o a lo largo de cuánto tiempo.<br />
-Mm, por el tipo de letra no creo que se trate de un adolescente. Los rasgos…<br />
-Y tú eres demasiado visceral –la interrumpió Oscar-, y demasiado ingenua –ése solía ser su contraataque cuando ella lo tachaba de insensible-. La grafología no puede considerarse una ciencia, la información que se supone que revela no es en absoluto fiable. Vale que sea tu hobby, un hobby curioso, pero no me gusta que te obsesiones con él ni te creas esas cosas a pies juntillas.<br />
-¿Es esa la razón por la que siempre te has negado a que estudie tu caligrafía? Mmm, varios meses contigo y aún no sé cómo escribes.<br />
-Sabes que soy incondicional del ordenador. Nunca escribo a mano.<br />
-Creo que en el fondo temes que descubra tus aspectos negativos, como que puedes ser un poco egoísta y… déjame pensar… poco seguro de ti mismo, tal vez.<br />
-Irene, acabo de poner mi vida patas arriba para venir a vivir contigo al campo, a hora y pico de la civilización. ¿Consideras que eso es ser egoísta?<br />
Ella se puso seria.<br />
-Lo es si vas a utilizarlo como arma arrojadiza cada cinco minutos.<br />
Él la miró y después bajó los ojos.<br />
-Touché. –respiró hondo-. Lo siento. Estoy nervioso por el cambio, por la nueva situación. Muy bien -conciliador-, di lo que tengas que decir… Pero trata de ser racional, por dios. No soporto las supercherías.</p>
<p>Amplio margen superior que indicaba introversión, timidez, falta de personalidad. En cuanto a la propia grafía, clara y redondeada, con separación entre palabras y entre letras de una misma palabra, todo ello suponía un signo de generosidad, de bondad y altruismo. Tal vez algo de pereza. Aberturas superiores en algunas de las letras sugerían que se trataba de alguien fácil de influenciar por otros.</p>
<p>Clara me llamó esta mañana. Quería verme. Le dije que no tenía más remedio  que ir al trabajo. Me convenció para que dijera que me había puesto enfermo. No sé decirle que no, cualquier sugerencia suya se me hace irresistible. Viajé durante más de una hora hasta su casa en el campo. Me abrió la puerta con una sonrisa y se colgó de mi cuello:<br />
-He escrito un poema para ti –me dijo.<br />
Nunca antes había escrito nada para mí. Ni siquiera una carta. Hasta ese momento siempre había sido yo el que escribía. “Mi poeta”, me llama ella. Me confesó una vez que lo que le fascinó de mí desde el principio fue mi forma de hablar. A menudo me pide simplemente que le hable, y de manera muy especial en nuestros encuentros íntimos. Sorprendentemente, a Clara la excitan las palabras. Mucho más que las imágenes o las caricias. Las palabras la hacen vibrar como si ella fuese una viola d´amore y mi voz fuera el arco capaz de arrancarle una música intensa y  maravillosa. En momentos así, Clara me hace sentirme un virtuoso.<br />
Me tomó de la mano y me llevó arriba, al dormitorio. Me tumbó sobre la cama y fue hacia la ventana, enfrente, para abrirla de par en par. Se volvió hacia mí, las manos apoyadas en el marco de la ventana, el sol abrazándola y cubriéndole el pelo con una aureola, mi rubia Clara, y yo no era capaz de ver su rostro a contraluz, sólo su  blusa blanca y entreabierta.<br />
Creí que el corazón me iba a estallar cuando la vi acercarse lentamente, sus dedos hábiles jugando con los botones de la blusa. No me di cuenta hasta que estuvo sentada sobre mi cadera, su pecho y su cintura al descubierto, el texto escrito, sorprendentemente, sobre su propia  piel.<br />
-Aquí está tu poema. Léelo.<br />
Tan dulce su mandato, y tan firme. Leí en voz alta lo que después pondría sobre el papel:</p>
<p style="padding-left: 30px;"><em>De ti, lo que prefiero<br />
son tus palabras siempre.<br />
Vienen a mí desnudas<br />
o vestidas con máscaras extrañas.<br />
Dulces o agrias; tenues<br />
o poderosas.<br />
Tú eres tus palabras.<br />
Quiero un baño de espuma de palabras<br />
tuyas<br />
que me cubran, me abrumen, me estremezcan<br />
como mil lenguas<br />
y mil caricias vírgenes.<br />
Palabras que me incendien, que me hagan<br />
arder sobre la cumbre de mí misma;<br />
consumirme en palabras,<br />
abrasarme<br />
hasta dejar que lluevan mis cenizas<br />
dulcemente<br />
sobre un lecho dormido de susurros.</em></p>
<p>Parecía haber usado un pincel mojado en algún tipo de tinta azul.<br />
-Está firmado –continuó Clara. Y sonrió con malicia-. Con miel.<br />
Así que obedecí su invitación implícita, e hice desaparecer aquella firma con mis labios para acabar imprimiendo aquel poema sobre mi propio cuerpo.</p>
<p>-Esto se pone subidito de tono –Oscar ronroneó-. Oye… ¿y si hacemos un pequeño descanso…? –comenzó a mordisquearle la oreja.<br />
-Por favor, Oscar, no es el momento. ¿Crees que todo esto pasó aquí? ¿En esta casa?¿En esta misma habitación?<br />
-La dueña se llama Isabel. A lo mejor Clara es su hija, o una antigua propietaria… De todos modos, ¿qué importa eso? Hasta tiene su morbo. Anda, ven aquí…<br />
-No tiene gracia.<br />
Finalmente, para decepción de Oscar, continuaron leyendo.</p>
<p>Ayer nos vimos, en su casa. Ha pintado un cuadro extraño y lo ha puesto en el dormitorio. Le dije que no me gustaba, me parecía sombrío, y me respondió con una carcajada y un beso.<br />
-No tienes ni idea de arte contemporáneo, mi vida.<br />
Pero me sentí incómodo cuando nos fuimos a la cama, como si la figura del cuadro nos observara. Y además Clara estaba diferente. Yo quería un encuentro dulce, dulce Clara, pero ella tomó la iniciativa. No hicimos el amor. Fue sólo una experiencia extraña, salvaje. Clara, mi Clara, tan oscura de repente.</p>
<p>-¿Ves? Te dije que no me gusta ese cuadro.<br />
-Hombre, un Velázquez no es…<br />
-No se trata de que sea de más o menos calidad artística. Es… siniestro.<br />
Oscar suspiró con resignación y continuó:</p>
<p>-Te quiero –le dije anoche. Nunca antes lo había hecho. Tampoco ella. Pensé que era el momento perfecto, y supuse que le gustaría. Así que la miré a los ojos, le acaricié el pelo y con dulzura le dije: “te quiero”.<br />
Se enfureció. Me gritó que jamás volviera a decirle algo así. Que lo había estropeado todo. Me sentí como un niño que no sabe por qué lo castigan. Quise disculparme, y fue peor. Me ordenó que me fuera y abandonó la habitación.<br />
No sabía qué hacer, imaginé que si la seguía al piso de arriba empeoraría las cosas. Pensé que, por otra parte, si me iba, podría enfadarse porque no había intentado aclararlo todo. Dios, quién las entiende… Finalmente abandoné la casa. No pude dormir en toda la noche.</p>
<p>-Desde luego sois todas iguales –interrumpió Oscar-. Sí señor, me solidarizo con el chico.<br />
-Es una reacción inusual. Debe tener su explicación, tal vez en alguna experiencia anterior que ella tuvo, no sé… -Irene miraba al frente, pensativa, los ojos perdidos en el trozo de atardecer al que parecía accederse a través de la ventana, como si fuera ésta una puerta mágica que mostrase una dimensión irreal y fantástica.<br />
-¿Te he dicho alguna vez que tienes deformación profesional? –Oscar la sacó de sus pensamientos, cualesquiera que fuesen-. Todos los psicólogos la tenéis, estoy seguro. Conocéis a alguien y ya lo estáis analizando, sin proponéroslo. Eso a veces hace que la gente se sienta incómoda.</p>
<p>Esta tarde Clara me llamó y me pidió que fuera a verla. Fue muy escueta por teléfono, no dijo nada más. Así que volví a excusarme en el trabajo diciendo que estaba enfermo (en realidad no me sentía nada bien, después de una noche de insomnio). No podría negarle nada nunca. Aunque quisiera. Me doy cuenta de que estoy demasiado atado a ella, obsesionado por ella. Intento mantener cierta distancia porque me falta el aire. Pero siempre vuelvo a Clara. Parezco un perrito sujeto con una correa elástica. Cuanto más me alejo, con más fuerza vuelvo luego al punto de partida.<br />
Cuando llegué a la casa era noche cerrada. Encontré la puerta abierta, de modo que entré y la llamé por su nombre. No hubo respuesta. Recorrí el piso de abajo sin éxito.  Subí al dormitorio y llamé con los nudillos.<br />
-Adelante –había determinación en su voz.<br />
Abrí. Al principio fue el perfume lo que me abofeteó con intensidad. Después vi por qué. La habitación entera estaba revestida de flores. Lirios blancos. El suelo, los muebles, todo bajo una alfombra de lirios que parecía esconder la realidad y transportarnos a un sueño que, por alguna razón, me parecía opresivo.  La cama, a diferencia de todo lo demás, aparecía completamente cubierta de pétalos de rosa. Rosas rojas, de modo que el conjunto me sugirió de inmediato una gran herida sangrante sobre una piel nívea y perfecta.<br />
Entonces la vi, saliendo de detrás de la puerta, erguida, tan hermosa. Hermosa hasta volverme loco, oculta tan sólo por un velo de tul blanco que descendía desde su cabeza, a la que lo ceñía una diadema de rosas. Deseé más que nunca su desnudez velada, las turgencias que el tul insinuaba.  No sabía qué decir o cómo actuar. Ella sonrió y me dijo:<br />
-¿Con cuántas mujeres has estado antes de conocerme, Carlos?<br />
No supe qué contestar. Balbuceé un “no sé, ahora no acierto a contarlas…”<br />
-No importa. Hoy seremos vírgenes el uno para el otro. El pasado no importa. Yo seré la primera para ti esta noche, y tú el primero para mí.<br />
Me besó a través del tul, y yo la tomé en mis brazos y la coloqué sobre aquellos pétalos sangrientos. Fui levantando el velo lentamente, besando cada centímetro de su piel. Sólo cuando llegué a la altura de su rostro me di cuenta de que ella lloraba, y yo no sabía por qué, y besé también aquellas lágrimas y sus ojos y sus labios y la amé con más ternura que nunca.<br />
La abracé al terminar y acaricié su pelo. Yacíamos ambos sobre el velo de tul, que dejaba entrever las rosas rojas. Aún lloraba en silencio. Le pregunté por qué. Me miró fijamente  antes de contestar:<br />
-Ojalá hubiese sido de verdad la primera para ti. Y la última.<br />
-¿Qué mas da eso? –respondí-. Para mí eres la más importante, nunca he conocido a nadie como tú. Sólo tú cuentas –y era cierto, dios, era tan cierto.<br />
-No quiero ser la más importante, quiero ser la única –contestó mirándome a los ojos-. La única, desde siempre y para siempre.<br />
Sentí que el intenso aroma de las flores me empezaba a marear. Me asfixiaba, y empecé a perder el control de mis miembros y de mi consciencia mientras escuchaba a Clara recitar algo que empezaba: “No quiero que me llames amor mío…”</p>
<p>-Sigue –dijo Irene-. ¿Por qué te paras?<br />
-Nuestro enamorado se cansó de escribir. A continuación hay otro poema, pero aquí cambia el tipo de letra –Oscar se había puesto serio de repente.<br />
-Déjame ver…<br />
Escritura dextrógira y angulosa, de presión pastosa. Puntos de “i” bajos y gruesos. Tildes de la “t” en maza. Curvas inferiores en ángulo en las letras “m” y “n”. Letras “g, j, q, y” con amplios ojos en su parte inferior, que se alargaba exageradamente. El poema aparecía firmado. Rúbrica en ángulo agudo.<br />
-¿Qué significa? –preguntó Oscar. Esta vez estaba interesado de veras.<br />
-Las curvas de la “m” y la “n” denotan una naturaleza ardiente y agresiva. La acusada longitud de las líneas inferiores de la “g” y similares revela una sensualidad muy marcada. El ángulo siempre significa un escape, así que la escritura angulosa indica egocentrismo, susceptibilidad, obstinación. Todos los demás rasgos, la “i”, la presión de la escritura, la “t”…todo sugiere una personalidad muy oscura, Oscar.<br />
-Me estás asustando.<br />
Con un estremecimiento, Irene tomó el diario de las manos de él y siguió leyendo.</p>
<p style="padding-left: 30px;"><em>No quiero que me llames amor mío,<br />
porque esas son palabras que ya saben<br />
el camino que lleva hasta tus labios.<br />
No me digas te quiero. No me hables<br />
como has hablado a otras.<br />
No me digas tesoro, vida mía,<br />
no me ofrezcas<br />
palabras deslucidas, ajadas, sin perfume,<br />
manoseadas ya de tanto usarlas.<br />
Inventa para mí palabras nuevas<br />
que me sorprendan siempre, que me envuelvan<br />
en su fragancia fresca.<br />
Tú eres tus palabras.<br />
Quiero tener tu esencia, lo más puro<br />
de ti.<br />
Lo que jamás<br />
dijiste nunca a nadie<br />
será mío.</em></p>
<p>Carlos, Carlos… de modo que no llegaste a recordar el resto del poema. No entendiste nada. Cuando nos vimos al día siguiente lo supe. Nunca habías entendido nada. No escuchaste. Quise explicártelo de varias formas, y tú no prestabas atención. Es igual. Ahora todo irá bien. Lo más difícil ya está hecho. Me costó al principio, pero me sentí protegida y animada por nuestro guardián. Lo pinté para nosotros, para que siempre nos mantuviera juntos, juntos siempre, y tampoco lo entendiste. ¿Cómo explicarte que había mezclado unas gotas de tu sangre y de la mía con el óleo, que aquel ángel formaba parte de nosotros, que establecía un vínculo imposible de romper? Ni siquiera te gustó el cuadro. No, no lo habrías entendido nunca. No habrías entendido que pintarlo supuso una ceremonia, un rito en el que seguí los pasos que el propio guardián me dictaba desde mi interior. Él me dirigió en todo momento. Sabía que era algo que debía hacer, y sabía que era ése el modo en que debía hacerlo. Como supe también cuál era el paso próximo. Al principio me aterrorizó la idea, pero después empecé a ver con claridad y entendí que era la única solución, la única.<br />
Cuando llegaste a casa al día siguiente todo estaba ya preparado. El cloroformo en la mesilla de noche, los pañuelos de seda, yo misma. Cómo te gustó que usara los pañuelos para vendar tus ojos y para atar tus muñecas a la cama. Y tus pies, finalmente. “Soy tuyo por completo”, dijiste con una sonrisa. Y me dejaste hacer. Usar el cloroformo sobre uno de los pañuelos fue fácil, imaginaste que era algún perfume exótico. Cuando te diste cuenta era ya demasiado tarde. Allí estabas, totalmente mío, indefenso, casi frágil. Un pañuelo más. Te acaricié con él todo el cuerpo para acabar enroscándolo alrededor de tu cuello. Como una dulce serpiente comenzó a apretarlo más y más, despacio, casi tenía vida propia, mis manos sólo seguían sus impulsos. Al fin intuí que ya no respirabas. Nuestro ángel nos miraba, complacido.</p>
<p>-Oscar, me estoy mareando. Esto no es un diario adolescente. Es la crónica de un asesinato. Y esta mujer está loca, es una demente. Vamos a llamar a la policía. Ahora.<br />
-¿A la policía? ¿Y qué vas a contarles? ¿Qué pruebas tenemos? ¿Un diario escrito por alguien que no está bien de la cabeza y… -señaló el suelo, el lugar donde seguía el cofre y su sorprendente contenido-… eso? Nos tomarán por locos, o por tontos.<br />
-Pero ¿y si es cierto, Oscar? ¿Y si de verdad hubo una víctima?<br />
-Veamos primero cómo acaba todo. Continúa.<br />
Irene respiró hondo, tragó saliva y siguió leyendo. Le temblaban las manos y la voz.</p>
<p>Todo había sido relativamente fácil hasta entonces. Fue mucho más difícil cargar contigo hasta la bodega, donde había una caja de madera esperándote. Sí, vida mía, todo estaba listo. Pensé mucho en cómo nos libraríamos de lo que no nos interesaba, así que investigué las técnicas que se usan en museos y laboratorios para descarnar cadáveres. La de los derméstidos me pareció la más adecuada porque, sabes, es la que mejor conserva los huesos, en especial la dentadura. Además, es muy fácil conseguirlos. Sólo hay que encontrar un cadáver fresco, cualquier animal atropellado en la carretera, y recoger las larvas. Leí que hay unas hormigas rojas de Brasil que pueden dejar un esqueleto desnudo en cuestión de horas. Pero era mucho más fácil conseguir estos pequeños insectos cerca de aquí y, de todos modos, no teníamos prisa. Cuando aquella misma tarde me confesaste que te habían despedido en el trabajo se me iluminó la cara y te besé. Sabía que no ibas a necesitarlo nunca más. Y nadie te echaría de menos. Era perfecto. Íbamos a empezar de nuevo.</p>
<p>-Esto es vomitivo. No puedo seguir. Dios, ¿cómo puede alguien tener una mente tan retorcida?<br />
Oscar volvió a mirar el cofre y su contenido.<br />
-Llegó a ser mucho más retorcida que eso, por lo que parece. Sigue. Hay que terminar.</p>
<p>Unas semanas y, voilá, estábamos en condiciones de dar el último paso, el definitivo. Tuve que utilizar una sierra eléctrica, no sabía que el cráneo es tan complicado. Y tuve que dejar parte de los orificios de la nariz. Pero al fin teníamos el resultado. Lo subí al dormitorio, me arrodillé en el suelo frente a nuestro guardián y llevé a cabo la última ceremonia. La que te haría mío definitivamente. Para siempre. Utilicé uno de mis ligueros de encaje. Qué mejor modo de ligarte a mí, Carlos. Y volví a recitar mi último poema para ti, a modo de conjuro, mientras sellaba tu boca por última vez. Después lo envolví todo en seda negra. Me estremecí de gozo y de placer al pensar que ya te poseía. Que poseía al fin tus palabras pasadas y futuras. Tus palabras todas. Tu esencia. Eras mío por fin.</p>
<p>Con horror, Oscar e Irene volvieron a dirigir la mirada al trozo de seda negra y al liguero, junto al cofre abierto. Sobre ellos yacía, liberada ahora de sus ataduras blancas, una mandíbula humana.</p>
<p>Durante más de media hora trataron de decidir qué hacer al respecto. Irene era partidaria de informar a la policía de inmediato. Oscar, tratando de actuar racionalmente, parecía estudiar los pros y los contras de aquella opción. El timbre de la puerta de entrada sonó de pronto, interrumpiendo la escena y sobresaltándolos.<br />
-Habrá que abrir –dijo Oscar tras un silencio tenso.<br />
-¿Quién puede ser? Los vecinos todavía no nos conocen.<br />
Bajaron la escalera como si esperasen ver un fantasma tras cada rincón. Al abrir se encontraron con una mujer de unos cuarenta años, de rostro amable, que les sonreía.<br />
-Ah, es usted –la voz de Oscar sonó extraña y forzada-. Pensé que todo estaba ya ultimado…<br />
-Será sólo un minuto –la mujer miraba ahora a Irene-. Hay un par de documentos que firmar, lo olvidé cuando nos vimos por última vez.<br />
-Cariño, ésta es Isabel, la antigua dueña de la casa.<br />
-Encantada, Irene. Oscar me habló de usted. Espero que la casa sea de su agrado.<br />
Irene le estrechó la mano sin dejar de mirarla a los ojos, aunque no dijo una palabra.<br />
-¿Puedo entrar? –preguntó la ex–propietaria con voz jovial.<br />
-Por supuesto –Oscar se apartó a un lado y señaló a su chica que hiciera lo mismo-. ¿Quiere usted tomar algo, té, café?<br />
-Gracias –contestó la recién llegada pasando al salón-, pero tengo un poco de prisa. No les molestaré mucho.<br />
Oscar la invitó a sentarse en el sofá, junto a una mesita baja. Ellos se sentaron justo enfrente. La mujer extrajo un par de documentos de una carpeta amarilla.<br />
-Es esto. Se trata de una simple formalidad, un par de firmas. Aquí, por favor. Y aquí.<br />
Oscar firmó en el lugar indicado. A continuación, ella tomó los documentos y volvió a guardarlos.<br />
-Muy bien, creo que eso es todo. Debo irme ya. Encantada…<br />
La voz de Irene sonó como un disparo:<br />
-¿Quién es Clara?<br />
Oscar la miró y después miró a la mujer, expectante. Ésta permaneció sentada, con expresión tranquila, observándoles a ambos.<br />
-Escuche -continuó Irene con determinación-, sabemos lo que ocurrió aquí. Tenemos pruebas.<br />
Con mucha calma, Isabel encendió un cigarrillo.<br />
-Así que ya lo han encontrado.<br />
-¡Entonces lo admite! Conocía usted el cofre. El diario. Y esa horrible… cosa. Vamos a llamar a la policía –Irene puso su mano sobre el teléfono, justo al lado-. Estoy segura de que tendrán a algún Carlos registrado como desaparecido.<br />
-Por supuesto que sé lo del cofre –y ante la mirada atónita de ellos dos continuó-. Clara soy yo. Yo escribí el diario.<br />
-¿Está usted confesando un asesinato? –Oscar parecía no dar crédito a lo que estaba ocurriendo.<br />
Isabel soltó una risa ronca y dulce, y sin perder el aplomo continuó:<br />
-Por supuesto que no. Yo sólo he dicho que escribí el diario. Es muy diferente. Supongo que es el momento de darles una explicación. Ese diario es una ficción. Pedí a un amigo que escribiera la primera parte (o lo que es lo mismo, que copiara de su puño y letra lo que yo había mecanografiado previamente). Y yo misma escribí la segunda. Soy escritora. Escribo relatos y libros de ficción, principalmente terror e intriga. Tengo esta historia en mente desde hace algún tiempo, pero… no sé, no llegaba a parecerme lo bastante plausible. Cuando decidí vender la casa se me ocurrió llevar a cabo este pequeño experimento para ver si alguien real y ajeno a mis circunstancias podría llegar a creer una situación así, para ver si el relato y la forma de presentarlo resultaban verosímiles.<br />
-No puedo creerlo –Irene la miraba boquiabierta y confusa.<br />
-Oh, le aseguro que es cierto. Todo es un pequeño montaje que no costó mucho llevar a cabo. Escribí el diario en un par de días, pedí a una amiga artista que pintase el cuadro, el liguero fue fácil de conseguir, el cofre era de una tía abuela mía… La mandíbula, por supuesto, es falsa. Me alegro de que decidieran no llevarla a la policía. Habrían hecho un ridículo espantoso.<br />
-¿Cómo sabemos que está usted diciendo la verdad? –por una vez, era Irene quien trataba de ser racional.<br />
-Cierto. No me conocen. En fin, tendrán que esperar a ver el relato publicado dentro de unos meses. Pero además pueden quedarse con todo el “equipo” como recuerdo. Lleven la mandíbula a un laboratorio, si lo desean. Pidan que analicen también la tinta. Les dirán que el conjunto fue escrito en no más de un par de días. Vayan a la policía, si quieren. Eso podría incluso añadir detalles a mi historia. Por cierto, ¿les importaría que los mencionara como personajes secundarios? Su reacción ha sido muy realista. El modo en que me abrieron la puerta, el modo en que usted, Irene, se negó a pronunciar una palabra, la desconfianza en sus ojos…<br />
Irene se aclaró la garganta y contestó:<br />
-No puedo creer que se trate de algo tan simple. De hecho no sé cómo pude darle tanta credibilidad, y de manera tan inmediata. Siento mucho haber sido grosera. Aunque… bueno, si quiere que le sea sincera, aún no sé qué pensar.<br />
-¡No se disculpe, por favor! Su reacción fue perfecta. Y aún lo es. Entiendo que tenga sus dudas. En cuanto a lo de creer una historia descabellada… supongo que así es como funciona la mente, afortunadamente para los que escribimos. Bueno –finalizó al tiempo que se ponía en pie-, ahora sí debo irme. Siento mucho haberles asustado. Piensen que la causa merece la pena: ¡un experimento literario! Además, les traeré personalmente una copia dedicada del relato cuando esté publicado.<br />
-Nos encantará. Muchas gracias.<br />
-Gracias a ustedes. Por todo. Tendrán noticias mías.</p>
<p>Cuando Oscar cerró la puerta, Irene se abrazó a él con un suspiro de alivio.<br />
-¡Es increíble!<br />
-Bueno, -resopló él- ya tenemos algo que contar a nuestros nietos.<br />
-De todos modos, creo que me quedaría más tranquila si también se lo contáramos a la policía.<br />
-De acuerdo entonces. Me encargaré mañana mismo, cuando vaya a la ciudad. Espera, ¿no es esa la carpeta de Isabel?<br />
-¡Claro que sí! Se la ha dejado olvidada.<br />
-Intentaré alcanzarla antes de que se marche. Vuelvo enseguida.</p>
<p>Cuando Oscar salió de la casa estaba ya oscuro. Se aproximó con rapidez al coche que, unos metros más allá, estaba arrancado y con las luces encendidas y golpeó la ventanilla suavemente. Isabel abrió la portezuela.<br />
-Se dejó usted esto en la casa.<br />
-Gracias –sonrió ella, y tomó la carpeta-. ¿Qué tal todo?<br />
-No sé qué pensar. Parece sincera.<br />
-¿Reconoció la casa?<br />
-No, sus últimos recuerdos son del piso de la ciudad donde la encontramos.<br />
-¿Cuál fue su reacción al encontrar el cofre y todo lo demás?<br />
-De genuina sorpresa. Sólo se mostró incómoda con respecto al cuadro.<br />
-¿En qué sentido?<br />
-Dijo que le parecía siniestro.<br />
-¿Crees que tiene alguna sospecha acerca del programa experimental médico-policial? ¿Intuye que hemos convertido la casa en una unidad especial de vigilancia, o que está siendo monitorizada desde el centro de salud mental?<br />
-No, no lo creo. Piensa que nos hemos mudado a una casa en el campo donde podrá descansar y relajar sus nervios.<br />
-¿Habla de lo que ocurrió? ¿Menciona algún detalle relacionado con aquel suceso?<br />
-En absoluto. Ni siquiera el nombre de Clara o sus propias palabras escritas en el diario parecieron traer nada nuevo a su mente. Es como si todo lo referente a los hechos hubiera desaparecido, sustituido por un vacío. Sólo sabe que hay unos meses de su vida que no recuerda, pero no sabe por qué o qué ocurrió entonces. Es feliz con su nuevo yo, con su nueva identidad.<br />
-Irene. Significa paz, ¿no?<br />
-En griego. Tal vez por eso su subconsciente eligió el nombre. Parece estar en paz consigo misma. De hecho parece tan normal todo el tiempo…<br />
-Pero es una enferma, Oscar, muy poco común además, y está bajo nuestra responsabilidad. No sabemos en qué momento pueden volver a surgir problemas parecidos.<br />
-Todo está bajo control, ¿no? Incluso el teléfono conecta directamente con nuestra central. No hay peligro.<br />
-Excepto por una pequeña cuestión. Déjanos instalar cámaras también en el dormitorio, te lo ruego. O micrófonos al menos.<br />
-Ni hablar. Insisto en tener un par de espacios íntimos. No podría actuar con naturalidad de otro modo.<br />
-Hum, el mismo cabezota de siempre –reflexionó unos instantes antes de ceder, sin mucha convicción-. De acuerdo entonces, pero ten mucho cuidado.<br />
-Lo haré. Debo irme, estoy tardando demasiado.<br />
-Muy bien –Isabel tomó algunas notas sobre las apreciaciones hechas por su compañero, en un archivo cuya etiqueta rezaba: CONFIDENCIAL. Clara Montes Rubio. Trastorno psicótico – Esquizofrenia. Asesinato en primer grado.</p>
<p>Al abrir la puerta, Oscar encontró a Irene-Clara que lo esperaba en mitad del salón.<br />
-¿Sabes? –se le colgó del cuello. Su voz sonaba alegre y aliviada-. Estoy mucho más tranquila. Nos reiremos de todo esto muy pronto. De hecho, pienso empezar a reírme ahora mismo. ¡Qué tontos hemos sido! ¿Cómo hemos podido creer algo tan absurdo? Mira, ahora mismo voy a tirar el cofre y el liguero y la porquería esa…<br />
-Muy bien, cariño –él la abrazó-. Me gusta verte bien.<br />
-Pero he cambiado de opinión con respecto al cuadro. Voy a dejarlo donde está. He subido a mirarlo de nuevo y, después de todo, no me parece tan horrible. Es más -su voz se hizo más cálida, un susurro ronco y sugerente-, tiene incluso cierto… atractivo.<br />
Y con una sonrisa ambigua, imposible de definir, añadió acariciándole los labios:<br />
-¿No te parece, vida mía?</p>
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