Archive for the ‘Relatos’ Category

Mario Benedetti: Cambalache

Aquel equipo de futbol, rioplatense (no daré más detalles ya que lo que importa es la anécdota y no el nombre de los actores), llegó a Europa sólo 24 horas antes de su primer partido con una de las más prestigiosas formaciones del Viejo Continente (tampoco aquí daré más detalles). Apenas tuvieron tiempo para una breve sesión de entrenamiento, en una cancha más o menos marginal, cuyo césped era un desastre.

Cuando por fin entraron al verdadero campo de juego (el field, como dicen algunos puristas) quedaron estupefactos ante las descomunales dimensiones del estadio, las trubunas repletas y vociferantes y también ante la atmósfera helada de un enero implacable.

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Los orígenes, y el fin.

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Escribía y escribía sin parar. No lo podía resistir. Cada noche se sentaba en su silla, cogía el boli y los folios y dejaba volar su imaginación para que su muñeca la capturara y la plasmara en el papel, manchándolo de bonitas palabras y maravillosas historias. Escribía por escribir, por inercia, sin motivo alguno. Al menos, eso pensaba entonces. Tenía un defecto: sólo sabía escribir relatos breves. Cuando intentaba desarrollar una historia un poco más larga se frenaba y su cerebro no le proporcionaba más ideas. Lo intentaba una y otra vez pero no podía. Read On…

El, ella y el bar.

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Como cada día sale de trabajar a las ocho y se dirige directo al bar, caminando a grandes pasos, mirando al frente. Entra y saluda, y todos le responden, y deja su chaqueta apoyada en esos viejos periódicos que esperan, sobre cajas de vino, a que les llegue el día. Se sienta en su taburete, coge un periódico y recibe la primera jarra de cerveza. Lee tranquilo, pausado, y parecen no molestarle las charlas y risas de sus compañeros de barra. Su barba se va manchando de espuma y él, sin dejar la lectura, se la va limpiando con el servilletero que el camarero ha dejado al lado. Hoy, se dice entre página y página, volveré pronto.

A las 7.30 de esa misma tarde ella sale de la peluquería. Se mira en un escaparate y gasta varios minutos tocándose el pelo, por aquí y por allá, frunciendo el ceño, arrugando aún más su cara. Se queda quieta en la acera, pequeña como es, con las manos cogiendo el bolso, murmurando a saber qué cosas. Tras un tiempo se decide a andar, y lo hace lenta, a pasos pequeños, entornando los ojos. Su cara se llena de tics, interrumpidos de vez en cuando para esbozar una mueca de dolor. Entonces se para, mira sus zapatos, suspira y comienza de nuevo. Read On…

Mosaico de las llaves

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AZULEJO 1.

Mientras el agente Sobrado Pérez luchaba encarnizadamente con su bragueta intentando liberar un respetable miembro al final del cual se encontraba una vejiga repleta (y la puñetera cremallera que no baja) pensaba, con su filosofía de hombre poco instruido pero cabal, que efectivamente la realidad supera la ficción y que todos sus años de servicio no suponían en absoluto un antídoto contra la capacidad de sorprenderse.

Mientras el agente Sobrado Pérez conseguía aliviarse por fin, (es que no tiene uno tiempo ni para mear) pensaba, con su vocabulario elemental pero certero, que (hay que joderse) con el tiempo, había conseguido mantener las tripas en su sitio ante la visión de un cadáver destrozado en la cuneta de una carretera de segunda (pobre chico, tenía tanta vida por delante) porque al final, un muerto es un muerto y todos tenían madre o novias, o novios o amigos que lo extrañarán, pero, Sobrado, ese no es tu problema, lo importante, se había repetido desde siempre, es no entrar en el drama humano con el que tan íntimamente está relacionado tu trabajo.

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Italo Calvino: «El pecho desnudo»

Autor: Italo Calvino

Título: El pecho desnudo

El señor Palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino. Sabe que en circunstancias análogas, al acercarse un desconocido, las mujeres se apresuran a cubrirse, y eso no le parece bien: porque es molesto para la bañista que tomaba el sol tranquila; porque el hombre que pasa se siente inoportuno; porque el tabú de la desnudez queda implícitamente confirmado; porque las convenciones respetadas a medias propagan la inseguridad e incoherencia en el comportamiento, en vez de libertad y franqueza. Por eso, apenas ve perfilarse desde lejos la nube rosa-bronceado de un torso desnudo de mujer, se apresura a orientar la cabeza de modo que la trayectoria de la mirada quede suspendida en el vacío y garantice su cortés respeto por la frontera invisible que circunda las personas. Pero -piensa mientras sigue andando y, apenas el horizonte se despeja, recuperando el libre movimiento del globo ocular- yo, al proceder así, manifiesto una negativa a ver, es decir, termino también por reforzar la convención que considera ilícita la vista de los senos, o sea, instituyo una especie de corpiño mental suspendido entre mis ojos y ese pecho que, por el vislumbre que de él me ha llegado desde los límites de mi campo visual, me parece fresco y agradable de ver. En una palabra, mi no mirar presupone que estoy pensando en esa desnudez que me preocupa; ésta sigue siendo en el fondo una actitud indiscreta y retrógrada.

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ay, mi negrita

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Todo empezó cuando nos hicimos amantes. Decidimos comunicarnos por correo electrónico. En aquel espacio privado y silencioso intercambiábamos palabras, confesiones, recuerdos, fantasías…A veces repasábamos episodios concretos: yo evocaba su imagen desnuda, ella paladeaba algún recuerdo de la última cita… No tardaron en llegar los mensajes en que las palabras se convirtieron en una pieza más del juego erótico. Sentía que me acariciaba con cada letra, como si la escritura de sus dedos se hubiera dibujado sobre mi espalda, sentía salir el calor de la pantalla para entrar por mi piel y subir hasta la nuca dejando un rastro erizado. Los periodos entre encuentro y encuentro se llenaron de mensajes que fueron ganando en intensidad, compitiendo a veces con el erotismo de los encuentros reales. No podía recibir un nuevo correo sin evocar el tacto de su piel, su última mirada amenazante, el último hallazgo…

Pronto dejé de asociarlo a imágenes o recuerdos concretos. Conectaba el ordenador y la sola visión de un mensaje recibido en la bandeja de entrada bastaba para hacerme sentir un latigazo cálido bajo el vientre que se expandía desbocado por el cuerpo. La mera aparición del título remarcado en negrita, ese grosor inusual y transitorio, se convirtió en una pulsión inmediata e infalible. Empecé a entrar en el correo de forma compulsiva, a cualquier hora, como quien busca su dosis.

Poco a poco, me fui volviendo incapaz de leer cualquier texto que tuviese unas palabras regruesadas. Cualquier encabezado, cualquier título, cualquier énfasis… me turba por completo y tengo que retirar la vista exaltada del papel, con una inquietud que empieza a recibir miradas extrañas que se buscan entre sí. Ya apenas soy capaz de trabajar. No puedo elevar la mirada a la barra de herramientas. Me desarma la sola idea de deslizar el cursor por esa N de trazos robustos, como músculos tensados del esfuerzo un segundo antes del final.

A veces, cuando no hay nadie cerca, no puedo evitar remarcar de vez en cuando la última frase que acabo de escribir. Entonces se acerca alguien y me apresuro nervioso a deshacer la marca. Casi me pillan, pienso, entre acelerado y confundido…

Mi adicción al ordenador ha terminado separándome de ella.

Fue idea suya que viniera a verle, doctor.

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Eduardo Galeano: «El Cuadro»

Título: El Cuadro

Autor: Eduardo Galeano

Llevaba el pelo suelto, llovido sobre los hombros. Era una de las muchas mujeres que recogían amapolas en sus canastas.

En alguna ciudad de China, quién sabe dónde, quién sabe cuándo, dos amigos estaban contemplando ese cuadro, pintado por quién sabe quién, que mostraba la cosecha en un campo de flores. Uno de los dos amigos, quién sabe por qué, tenía la vista clavada en esa mujer. Él no podía dejar de mirarla, hasta que por fin ella le devolvió la mirada, dejó caer su canasta, extendió los brazos y, quién sabe cómo, se lo llevó.

Él se dejó ir hacia el alto lugar adonde no pueden llegar estas palabras que quisieran contar lo que ocurrió. Y con esa mujer pasó las noches y los días, quién sabe cuántos, hasta que un ventarrón lo arrancó de allí y lo devolvió a la sala donde su amigo seguía plantado ante el cuadro.

Tan brevísima había sido aquella eternidad que el amigo ni se había dado cuenta de su ausencia. Y tampoco se había dado cuenta de que esa mujer, una de las muchas mujeres que recogían amapolas en sus canastas, llevaba ahora el pelo recogido, atado en la nuca.

Cortos cuentos de amor VII

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Pepe suele preparar el desayuno en casa. Zumo, yogur, magdalenas y café. Pepa baja en cuanto el aroma sale de la cocina, en bata, dejando ver ocasionalmente un escote que le mata a Pepe, bueno, sólo lo hiere porque en seguida baja Pepín, legañoso y despeinado, y entonces ella le martiriza con el peine mientras la mesa desprende un aura de armonía, con el naranja, el negro, el blanco y el marrón bien dispuestos, perfectos. El sol, normalmente, alumbra la escena, la radio suena, dan las noticias, las comentan si les deja Pepín y si no disfrutan de sus extravagantes ocurrencias.

A veces, no siempre, son conscientes de todo eso, se ven totalmente dentro de ese cuadro, inmersos en su vida. Cuando eso pasa el cuerpo les vibra y se dan un fuerte abrazo al despedirse, se juntan hasta hacerse daño y hasta que su hijo les mete prisa por irse, por llegar al colegio y ver a sus amigos. El resto de días se dan un beso, pausado en ocasiones y apresurado en otras, porque a fin de cuentas son personas y no personajes.

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Refugio

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Esta vez me está costando más que otras. Una semana solía ser suficiente. Sería tan cómodo abstraerse, alejarlo. Al menos esta oficina no muestra indicio alguno. Está todo en su sitio. Mi flexo no parece particularmente indignado. Míralo. Cumple con su trabajo. La mancha de luz y ya está. Todo el tiempo que quieras. Qué luz más prepotente. Una vela al menos se permite dudar, da cuenta del tiempo, tantea los bordes de la sala. Parece más sensible a su exterior. La del flexo se impone, sólo arroja una posibilidad. No escucha los matices que los objetos podrían sugerirle, no le interesa. Cumple con su trabajo. Como yo ahora.
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Cortos cuentos de amor VI

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Entró en el bar sin quitarse en sombrero y se dirigió directamente a ella, tras la barra.
-¿Vienes?
Ella apuró el vaso. El bar, como siempre, vacío.
Los minutos pasaron, pero nada más. Se miraban y sudaban. Él dudaba. Al fin se quitó el sombrero.
-Vete-dijo ella.
El sombrero volvió a la cabeza y la cabeza dio la vuelta. Echó a andar y la volvió a escuchar.
-Te faltó un minuto.
Un paso, dos pasos más y respondió sin girarse, detenido.
-Te sobró una lengua.
Y mientras se alejaba de aquel sofocante hoyo ella volvió a su vaso, una vez más.

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