el veneno

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Las siete ocho minutos. Abro el word,
levanto la mirada del portátil
y a falta de una rima más versátil
me sacudo los versos de alcanfor

y me entrego a la hipnosis de rigor
empujando el cursor en el vibrátil
y nervioso teclado hacia un volátil
destino consabido. Alrededor

no hay nada más, solo mi mente en trance
siguiendo la consigna del veneno
que me inyectó el arcángel satanás.

Las siete treinta y ocho, mal balance:
en la vida dos cuartos de hora menos
y en internet un soneto de más.

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